Sopa de nidos en el mar de Andamán | El Viajero

Lo primero que se comprueba al llegar al mar de Andamán es el color esmeralda de sus aguas. Son cálidas y plácidas, sin olvidar que en 2004 se alzaron en un tsunami que arrasó Phuket, Phi Phi y tantas islas y costas del sur de Tailandia y de otros países del Índico. Lo que parecía imposible sucedió. El mar se comió la tierra. Sin embargo, poco a poco, estos lugares han ido recuperando su normalidad, que no es otra que la ambición de ser rincones del mundo tildados de paradisiacos.

Aunque las palmeras tan verdes como las aguas tropicales siempre den alegría, Phuket no engaña: se postula como la gran meca turística del sur tailandés, con muchos números para competir en la ecuación precio-calidad. Una asequible esquina del paraíso que queda. Y encima, en hora y media de lancha desde Phuket surge el pequeño archipiélago de las Phi Phi, que se ofrece como alternativa de un edén menos masificado. En Phi Phi Don, la mayor isla del grupo, aún hay sitio entre los resorts, si bien no tanto en su puerto atestado de embarcaciones turísticas, ya más que las locales —unas barcas llamadas de rabo largo por la peculiar barra que sostiene su hélice—.

Phi Phi Lee, la más chica, está deshabitada salvo por bandadas de macacos y tiburones de punta negra que se dejan ver con facilidad, aparte de sus apagados corales. Maya Bay, su mayor atracción, es una caleta con una playa de arena blanca como la nieve, abierta a un mar esmeralda y entre montículos de un denso follaje. Durante décadas esta ha sido la viva estampa del soñado paraíso tropical.

Todo paraíso tiene tendencia a ser perdido y solo para poetas como Milton puede ser recobrado. El Ministerio de Parques Nacionales, Fauna y Conservación de Plantas tailandés ha prohibido el acceso a Maya Bay. Tomó la medida en octubre de 2018 para proteger la naturaleza del lugar, claramente en peligro por la avalancha de los visitantes que querían pasar allí unas horas y hacerse mil selfis. El lugar recibió el impacto causado en la imaginación occidental por las escenas que allí se rodaron de la película La playa, protagonizada en el año 2000 por Leonardo DiCaprio. Basada en una novela de Alex Garland que daba vueltas al cliché y al humo del paraíso visto por unos mochileros, Maya Bay subió a lo más alto de la lista de playas más idílicas del mundo. Y, por tanto, había que verla aunque fuese un rato y, a veces, no se cupiera en su bella angostura. No se sabe cuándo se recuperarán los corales de Maya Bay, aunque las autoridades tailandesas anunciaron el pasado noviembre que estudian si la reabren de nuevo en los próximos meses. Hay demanda, hay presión; o sea, no hay problema.

Ahora se vuelca el flujo del turismo, especialmente el de los cruceros de una jornada, en Khai, un miniarchipiélago en la provincia de Phang Nga. Este grupo, compuesto por las islitas Nok, Nak y Nui, trata de suplir la carga de ensoñación de Maya Bay llenando sus playas blancas y sus aguas verdosas donde los corales no se quejan solamente porque no hablan.

Pero quienes más deberían protestar son las golondrinas de mar que anidan sobre todo en Phi Phi Lee. Esas aves, también llamadas salanganas, producen unos nidos comestibles que alcanzan los 2.500 dólares el kilo, situándose a la cabeza de las exquisiteces más extravagantes de la gastronomía china. Desde tiempo inmemorial esos pájaros vuelan desde Siberia hasta el Índico buscando los mejores lugares para reproducirse. Los acantilados y cuevas de Phi Phi Lee se llevan la palma como teatro de una procreación casi heroica. Las salanganas primero producen con su saliva unas hebras que pegan en los peñascos y en techos de cavernas que tienen su entrada por el mar. En Viking Cave —la cueva Tham Phaya Nak en tailandés— esos primeros nidos de color blanco son recogidos por los chao ley, gentes nómadas en épocas más antiguas que ahora se juegan la vida trepando por postes de bambú y frágiles andamios hasta donde anidan estas golondrinas.

Dos cosechas más

Cuando los hombres recogen esa primera remesa, las salanganas no se arredran y vuelven a generar otros nidos rojizos, quizá por el color de ciertas algas que comen más que por la sangre que les cuesta el esfuerzo, como dice una leyenda tenaz. Esa segunda cosecha de nidos también resulta valiosa y se la quitan, de modo que las salanganas producen una tercera tanda de nidos ya con muchas impurezas, plumón y pequeños tallos. Requieren mucha limpieza antes de convertirse en algo que se pueda comer disuelto en una sopa de pollo.

A partir de esa tercera cosecha se las deja en paz para que continúen su ciclo vital. Mientras destacados restaurantes de Asia y otras partes del mundo ofrecen esa mentada delicia a precios astronómicos, en Phuket Town, la capital isleña, se venden cajas de las tres clases de nidos. Y en muchas zonas de Phuket hasta los supermercados expenden estas sustancias en polvos y píldoras, como complementos alimenticios que igual también tienen propiedades misteriosas. La fantasía es lo que más vuela.

En Patong, la playa de Phuket con más aglomeración de bares, discotecas y centros comerciales, hay un restaurante llamado Number Six donde la gente hace cola en la calle para sentarse en sus bancos corridos. Ponen platos locales a precios imbatibles. Entre ellos, algo que puede ser aperitivo o postre: un sirope de nido de golondrina. Es un agua con unas pocas hebras, como fideos transparentes, que se comen con una cuchara china. Cuesta 280 bahts (unos 9 euros) y mal no hace con el calor reinante.

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