¡Qué estafa!

El viejo Haro Tecglen solía rubricar sus columnas con esta expresión: “¡Qué estafa!”. Estafa, la invasión de Irak; estafa, los incumplimientos socialdemócratas o los abusos de lo que entonces se llamaba derechona; estafa de la misma vida, que siempre reduce los sueños. En justa correspondencia yo debería dedicarle este artículo que trata de dar cuenta de una estafa en toda regla, la que llevan padeciendo los nacidos en los ochenta y noventa cuando la crisis económica de 2008 los despertó sin miramientos de la mejor infancia de la historia. Fueron sin duda unas criaturas mimadas. Sus padres y madres, a cuya generación pertenezco, aún habíamos crecido sometidos a la austeridad que tanto marcó a nuestros progenitores. Pero los niños de esas dos décadas de burbujas engañosas no solo disfrutaron del bien material sino de una educación relajada y tolerante en la que creíamos quienes nos habíamos hecho adultos al calor de las nuevas libertades democráticas. Escribo generalizando, como no puede ser de otra manera, pero participé de ese optimismo insensato que nos llevó a deducir que nuestros hijos tendrían un futuro a la altura de la infancia que les estábamos haciendo disfrutar. Aquellas madres que nos agolpábamos a la salida de la escuela y que compartíamos unas cañas y el paquete de Fortuna participábamos de esa sensación.

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