Las pajitas, el reto de que un producto milenario sea sostenible

Cuando en 1928 el arqueólogo británico sir Leonard Woolley descendió a las profundidades de la mítica ciudad sumeria de Ur y, por primera vez, atravesó la cámara mortuoria de la reina Puabi descubrió uno de los ajuares funerarios más fascinantes y mejor conservados hasta el momento. Entre los cuantiosos amuletos, tocados, brazaletes y collares de oro y pedrería, Woolley encontró una cánula de plata recubierta con franjas de oro y lapislázuli, de unos 90 centímetros de largo. Un tubo para beber datado en el 2600 AC. La abuela de todas las pajitas.

Ese mismo tubo abierto por ambos extremos tiene hoy, al menos en su versión de plástico, los días contados. A partir del 3 de julio de 2021 estará prohibida su utilización, al igual que otros plásticos de un solo uso como los cubiertos y los platos. La razón es que este utensilio milenario se consume por millones —unos 13 millones al día solo en España, según Greenpeace— y demasiado a menudo acaba en el mar, donde se descompone en diminutos microplásticos que los animales confunden con comida.

Una breve historia

Aunque muchos puedan pensar hoy en día que la pajita solo es un capricho consumista, en la época de la reina Puabi tenía una utilidad fundamental: beber cerveza sin atragantarse. “Se utilizaban cañas porque la cerveza sumeria era muy turbia y requería algún tipo de filtro al consumirse”, explica a Verne Lluis Feliu, especialista en la civilización sumeria.

La ciudad sumeria de Ur no es, ni mucho menos, el único ejemplo del uso antiguo de la pajita. El blog del Museo Británico hablaba en este artículo sobre el uso de pajitas hechas con arcilla en el Antiguo Egipto. Este mismo museo, además, exhibe vestigios del uso de pajitas por las tribus Banyankole en Uganda o por los Inuit en el Ártico, demostrando que la pajita lleva siglos acompañando al ser humano en todas las culturas y civilizaciones.

Las razones de higiene también están detrás de su amplio uso, ya que las pajitas prevenían enfermedades cuando aún era frecuente beber de grandes jarras comunes. Y la primera patente de una pajita, registrada en 1870 por Eugene Chapin, se presentó como una innovación sanitaria, afirmando que se trataba de un “tubo de beber para inválidos”.

La siguiente innovación importante en el mundo de las pajitas llegaría dieciocho años después, en 1888, cuando un trabajador de la industria tabaquera llamado Marvin Stone dio forma a la primera pajita moderna. Cansado de que las cañas naturales —normalmente de centeno— se deshiciesen y estropeasen su bebida, pensó en sustituirlas por papel. Y, utilizando la misma técnica que empleaba para fabricar cigarrillos, creó la primera pajita duradera, hecha con papel de Manila que luego recubría con parafina para que fuese impermeable.

En 1937 otro inventor, Joseph Bernard Friedman, aportaría el toque definitivo. Al ver cómo a su hija pequeña le costaba llevarse la pajita a la boca, se le ocurrió insertar un tornillo dentro del tubo de papel de manera que al sacarlo dejaba marcados unos pliegues que lo hacían más manejable. Había inventado el cuello flexible que, volviendo al uso sanitario, tuvo mucho éxito en los hospitales al permitir beber a los enfermos mientras estaban acostados.

Nadie se quejaba entonces de las pajitas. Pero llegaron los años cincuenta, la explosión del plástico y la cultura de lo desechable. El nuevo material —más fuerte, más barato, más duradero— desplazó al papel y convirtió a la pajita en un gran enemigo de la sostenibilidad.

Pajita, enemigo público

Las pajitas de plástico tardan un minuto en fabricarse, veinte en utilizarse y doscientos años en descomponerse. Además, son especialmente esquivas para los métodos de reciclaje. “Debido al volumen de las pajitas, la maquinaria que se usa en las plantas para separar los residuos no selecciona bien este tipo de material”, señala Gema Alcañiz Roy, responsable de Educación Ambiental en el Instituto Mediterráneo para el Desarrollo Sostenible (Imedes).

Esto ha hecho que muchas organizaciones, como The Last Plastic Straw en Estados Unidos o Straw Wars en Reino Unido, lleven años movilizándose contra su uso. De vez en cuando, además, surgen imágenes virales, como aquella de 2015 en la que se veía a una tortuga con una pajita incrustada en las fosas nasales, que nos llevan a cuestionar su utilidad.

“Creo que la pajita no es una necesidad, sino un hábito de consumo sobre el que se puede reflexionar y se puede evitar en la mayoría de los casos”, opina Ida Fiorillo, especialista en sostenibilidad y packaging. Y es cierto que muchas veces las usamos sin que exista auténtica necesidad, pero también hay situaciones en las que pueden seguir habiéndola. Por ejemplo, para personas con movilidad reducida o problemas de deglución, la pajita es una herramienta de accesibilidad tan necesaria como una rampa. Y también pueden ser útiles en la comida para llevar o para el consumo de determinadas bebidas. “En todas las bebidas que utilizan hielo pilé o que llevan fruta encima se necesita pajita por narices”, apunta José Manuel Antelo, experto en coctelería y CEO del grupo de empresas Barman Group.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Sara Lumbreras, ingeniera industrial del Instituto de Investigación Tecnológica de la Universidad de Comillas, defiende que no es necesario invalidar la herramienta en su totalidad: “Lo que sí podemos hacer es fabricarla con otros materiales”.

Degradables, reutilizables, comestibles

En la actualidad existen pajitas fabricadas con todo tipo de materiales biodegradables —caña de azúcar, trigo, pasta, hielo—, aunque sus sustitutas más extendidas son las de papel. La cadena de restaurantes McDonald’s ha sido una de las primeras en usarlas y también en recibir las primeras quejas. Sus clientes criticaron que eran demasiado blandas, que sabían distinto y que no succionaban bien.

Fernando Cervigón es un emprendedor social que en en 2018 fundó Todarus, una ONG y tienda virtual que vende productos alternativos al plástico. En un primer momento, intentaron fabricar pajitas con un tipo de bioplástico hecho de materiales orgánicos como cáscara de café o almidón de patata. Lo habían empleado ya para fabricar cepillos de dientes y carcasas para el móvil, pero en las pajitas no funcionó. “Sobre todo por los costes”, explica a Verne el propio Cervigón. En la actualidad, emplean una mezcla de distintos derivados del papel, que, a juicio del propio emprendedor, ofrece un resultado satisfactorio y se descompone en tan solo 20 o 30 días.

Efectivamente, Cervigón apunta hacia uno de los problemas más comunes para quienes se enfrentan al reto de encontrar materiales alternativos: su coste. En el año 2015, la empresa española Sorbos patentó la idea de hacer las pajitas comestibles. Las suyas están hechas de azúcar, glicerina, gelatina y aromas naturales, y es capaz de mantener la rigidez durante más de una hora en bebidas frías. No sirve tanto para refrescos, como reconoce Víctor Manuel Sánchez, fundador de Sorbos, como para otras bebidas “a las que puedan aportar una experiencia”, como frapuchinos, smoothies, cócteles… “La disfrutas y no generas residuo”, añade.

Pero el mayor obstáculo sigue estando en el coste: “Está claro que las grandes compañías podrían ayudar muchísimo a empresas pequeñas como la nuestra, pero es tanto el coste que les podemos suponer de entrada que no les sale a cuenta. Nuestras pajitas pueden costar entre seis y ocho céntimos. La típica de plástico sale a medio céntimo —subraya Sánchez—. La gente no es consciente de lo que cuesta cambiar toda una producción”.

Otra opción son las pajitas reutilizables. De bambú, acero, silicona o vidrio. En Alemania y Estados Unidos empiezan a ser comunes, ya sea para usarlas en casa o llevarlas encima. En China, además, se están popularizando las plegables. “En algunos países se está estandarizando que tú tengas tu propia pajita y cuando vayas a tomarte una copa, incluso por tema de sanidad, te tomes el cóctel sin tocar el recipiente”. En otros lugares también es común que sean los propios restaurantes los que ofrezcan estas pajitas reutilizables, ya sean metálicas o de cristal. “Pero en España raro es el día que no desaparecen”, lamenta José Manuel Antelo, de Barman Group.

Un cambio de hábito

En 2020 la consultora Ipsos y el Foro Económico Mundial realizaron una encuesta en 28 países para comprobar cómo estaba influyendo el cambio climático en el comportamiento de los consumidores. El 69% de los encuestados reconocía que reciclaba más, gastaba menos agua y compraba más productos ecológicos. Esta cifra se situaba en España en el 76%.

Las previsiones de la industria papelera también son optimistas. Según sus cálculos, un 76,7% de los españoles estaría dispuesto a incorporar a su rutina nuevos productos como las pajitas de papel. Algo parecido ocurrió con las bolsas de plástico. Desde que en julio de 2018 dejaron de ser gratuitas, su consumo bajó un 23,67%. Según estos cálculos, las pajitas seguirán acompañándonos un tiempo más, aunque sea en su versión sostenible.

Sin embargo, hay voces que proponen que la prohibición de pajitas de plástico de un solo uso se convierta en excusa para una reflexión más profunda. “Nos volvemos locos para buscar alternativas al uso de la pajita cuando realmente lo que se debería hacer es reflexionar sobre su uso”, defiende Ida Fiorillo. “Existe gente que realmente la necesita, con movilidad reducida. En ese caso las pajitas reutilizables de silicona pueden ser una opción, pero el resto no las necesitamos”.

Gema Alcañiz comparte su opinión: “La moda contra el plástico nos ha venido bien para sensibilizar, pero no se trata de cambiar el plástico por otros productos, sino de reflexionar sobre nuestra forma de consumo”. Por eso, asegura la educadora ambiental, la prohibición que entrará en vigor a partir del 3 de julio de 2021 debería llegar acompañada por una campaña de información: “Que esto no parezca simplemente una manía a las pajitas”, insiste, ya que representan menos del 1% de los más de 4,8 millones de toneladas de plástico que arrojamos al mar.

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