“La privacidad es colectiva, como el medioambiente. Si no cuidas tus datos, otros sufren las consecuencias” | Talento

Imagine que tuviera una clave maestra para todo. Una contraseña que da acceso a la puerta de su casa, a su habitación, su diario, su teléfono, su ordenador, su coche, su cuenta corriente, su historial médico. ¿Iría haciendo copias de esa clave y dándolas a extraños? Probablemente no. Entonces, ¿por qué cede sus datos personales a prácticamente cualquiera que se los pida?”. Este extracto de Privacy is Power (Bantam Press), el primer libro de la filósofa hispanomexicana Carissa Véliz, nos sitúa en un tema que le obsesiona: el capitalismo de vigilancia se fundamenta en una inadmisible intromisión en nuestra privacidad. A la intersección entre privacidad y tecnología ha dedicado Véliz su tesis y su carrera investigadora, que actualmente compagina con la docencia en la Universidad de Oxford.

La economía de datos se ha desplegado ante nuestras narices durante la última década, argumenta, y nos dimos cuenta tarde de la gravedad de sus consecuencias. Por eso, concluye Véliz, la única respuesta posible es acabar con el modelo. Hay que regular de una vez el uso de los datos y prohibir que se pueda comerciar con ellos.

Vamos a suponer que tienes salud: ¿estás seguro de ello? Porque este algoritmo que está en tu teléfono y que analiza cómo mueves el dedo a través de tus contactos dice que tienes comienzos de Parkinson o de depresión. Y puede que lo sepa antes de que te lo diga un médico. Y quizás esa información sea relevante para que te contraten o no en un futuro. ¿Seguro que no tienes nada que esconder? Por otra parte, protegiéndote a ti proteges a otros, especialmente los que son padres. Una vez que compartes algo, ya no lo controlas.

Por otra parte, todos sufrimos los efectos de la falta de privacidad. Pasa como con la contaminación: puedes ser muy cuidadoso con la gestión de tus datos, que si tu entorno no lo es, vas a sufrir las consecuencias. Ha habido casos de ciberdelincuentes muy rigurosos a los que se pilló porque sus amigos compartieron fotos de ellos en Facebook. El escándalo de Facebook y Cambridge Analytica fue paradigmático: solo 270.000 personas dieron sus datos, con consentimiento entre comillas, y a partir de ellos se llegó a obtener los de 87 millones, que se usaron para construir una herramienta que predijera qué votarían individuos con características psicologicas similares.

Por otra parte, la democracia está basada en la idea de que todas las personas somos iguales, de que tenemos los mismos derechos, de que todos tenemos un voto. Pero si la sociedad no nos trata como iguales, si no nos muestra las mismas oportunidades, si nos cobra de forma distinta por un mismo servicio, si se nos trata en función del valor de nuestros datos, se está erosionando el tejido social en un momento en el que hay mucha desconfianza y polarización de discursos.

Y tampoco está claro que sea beneficioso. Para hacer anuncios contextuales de zapatos no necesito saber cómo te llamas, si tienes hermanos, si padeces depresión, si eres gay o el partido que votas, sino que me digas qué tipo de calzado buscas. La evidencia muestra que los anuncios personalizados tienen un efecto, pero limitado. Más o menos añaden un 4% a las ventas, pero ese anuncio cuesta un 98% más de lo que costaría un anuncio de otro tipo. Así que parece que estamos perdiendo mucho a cambio de muy poco o nada.

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