La cuarentena puede curar el vínculo afectivo entre padres e hijos | Mamás y Papás

Estamos asistiendo en primera persona a una situación que parece irreal, sacada de una película a ficción, una de esas distopías que, tan lejanas como improbables nos parecen. Muchos de nosotros hemos perdido, aunque sea temporalmente, nuestras vidas, las de antes, las de siempre. Nos movemos a tientas en una realidad incierta, desconocida, sin certezas, ni plazos seguros. Nos ha estallado en la cara sin tiempo de prepararnos ni de recurrir a nuestras viejas estrategias de afrontamiento, más o menos eficaces en tiempos de presunta normalidad.

La palabra crisis, deriva del griego crisis “decisión”, del verbo krino “yo decido, separo, juzgo”; designa el momento en que se produce un cambio muy marcado en algo o en una situación: una enfermedad, un desastre natural, etc. Es interesante volver al significado etimológico de las palabras, a su sentido original porque algunas veces, esconde auténticas revelaciones que nos sirven como útiles metáforas de aprendizaje. En este caso, el significado es “decisión”, “yo decido”.

Y como padre o madre eres espejo, modelo y referente tus hijos, quienes lo absorben todo de ti y lo elevan a la categoría de dogma de fe, de forma unas veces consciente, otras menos, como el material básico sobre el que se están construyendo a sí mismos. Por ello, lo que “tú decidas” o cómo gestiones esta realidad hostil e incierta será una gigantesca lección de vida para ellos acerca de quién eres y qué quieres transmitir con tu ejemplo.

Sin ánimo de dar consejos infalibles ya que nadie tiene la potestad de estar en posesión de la verdad absoluta ni la bilbia de cómo educar en tiempos de pandemia, estos son algunas ideas, ingredientes, para un plato que cada uno elaborará a la medida de sus necesidades, gustos, limitaciones y realidades:

Trata de estar sereno. Los niños absorben como esponjas o radares gigantes el tono emocional que hay en el ambiente. Si son pequeños reaccionarán a él con respuestas similares a lo que están percibiendo y esto incluye a los bebés. Si son más mayores, podrán verbalizarlo, pero no por ello, no lo acusarán. Ergo, eres el responsable del tipo de energía emocional que flota en tu casa en estos días. Esto no significa que no surjan roces, enfados, momentos difíciles. Significa que el tono predominante lo protagonizas tu y por supuesto, el resto de adultos que compartan la educación de los más pequeños y se encuentren en la casa.

Maneja de forma inteligente e higiénica la información. Ante semejante bombardeo hay que seleccionar lo que se ve y lo que se escucha y dosificar los tiempos para ello, con el fin de no aumentar los niveles de ansiedad cuya línea base ya se encuentra muy elevada. Igual que entendemos que una adecuada higiene de manos disminuye el riesgo de contagio, una adecuada higiene mental, disminuye el riesgo de angustia y ansiedad. En cuanto a los niños, no pueden ni deben quedarse al margen. Responde a sus dudas, no con evasivas que muy probablemente van a dibujar en su fantasía ideas mucho más terribles de lo que ya son y solo siembran ansiedad. Adecúa tu respuesta a su edad y deja de explicarles cuando den muestras de que ya no quieren saber más. Ellos marcarán el ritmo y la necesidad. Tu solo debes estar disponible, ser honesto y adaptar respuestas libres de dramatismo y crudeza, pero también de mentiras.

Haz de la flexibilidad un mantra y de la humildad un leiv motiv que te sirva de brújula siempre, pero ahora resulta esencial. Cuando hace solo unos días vivíamos en ese espejismo de normalidad, creíamos tener el control. El control de nuestras vidas, de nuestras decisiones, de nuestros movimientos, de casi todo. Pero esta pandemia nos ha demostrado la fragilidad de esa percepción. Puedes vivirlo (y transmitirlo) como indefensión, o como una lección de humildad que nos permite hacer nuevos aprendizajes. Además del bombardeo de información, memes, poesías, etc., que llenan nuestras pantallas cada día, también hay una machacona insistencia en llenar nuestras horas de actividades para “no aburrirnos”, para distraer la ansiedad, para que las horas no se nos hagan tan largas…

No transmitas a tus hijos la idea de que hay que “matar” el tiempo o “distraer la ansiedad, el miedo o el dolor”. Permite que emerjan el aburrimiento, la duda, la frustración y el cansancio porque de esa manera podrás ayudarles a gestionarlo. Solo viviéndolo sacarán de dentro las herramientas que van a necesitar el resto de su vida. Incluso cuando volvamos a la normalidad, cualquiera que esta vaya a ser, van a tener que lidiar en la vida con todo tipo de emociones dolorosas (no negativas) y es ahora cuando van construyendo los recursos para ello, con tu apoyo, tu contención y tu incondicionalidad. Es necesario aprender a fluir sin tener la mente embotada a todas horas con los arlequines de la modernidad colapsando nuestros sentidos. Ahora más que nunca la realidad se ha vuelto infotóxica.

Construye, sigue siendo un modelo de superación en tiempos de adversidad, de empatía en tiempos de racismos y separatismos. Haz algo que aporte y ayude a otros e invita a tus hijos a que también lo hagan, sin imposiciones, solo sé ejemplo y crea las condiciones que faciliten su sentido de solidaridad y empatía. Y, por supuesto, neutraliza cualquier atisbo de racismo, odio o culpabilización de lo que estamos viviendo. Transmite la idea de que cada ser humano hace lo mejor que sabe y puede de acuerdo con su historia y circunstancias, pon en valor lo positivo, la parte luminosa de esta oscura realidad: la labor de los sanitarios, de las personas de limpian, de las que atienden en el súper, las que se brindan para apoyar, para llevar la compra a quienes no pueden, las que salen a aplaudir cada día a las 8 en punto. Cuéntale que la sombra no puede existir en ausencia de luz.

Y, cuando te fallen los recursos, las ideas, las soluciones y la calma y te venza el miedo, la ansiedad y la pena entonces no lo dudes, aprende de tus hijos. Los niños suelen saber muy bien qué es esencial y qué es accesorio.

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