Hacerlo por última vez

Después de dejar al niño en clase de pintura, porque en el futuro alguien va a tener que pintar todo esto, doy vueltas sin rumbo por Pontevedra, hostelería cerrada, tiritando de frío porque si me ha costado siete meses no olvidarme la mascarilla, a ver cuántos me lleva acordarme de que no puedo hacer tiempo en un bar. Termino sentado en un banco, mirando a las palomas (hay una muerta) con la misma tristeza y resignación con que Borges se encontró al otro, que era él mismo cincuenta años antes: “Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista”, le dice. “Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano”. En ese momento, pero en medio de un lento atardecer de invierno, un grupo de estudiantes se sentó en el banco de al lado y una chica anunció al resto: “Tiene una cara que se la pisa, me dice que quiere echar el último polvo”. A lo que otra respondió: “Ni de coña”.

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