Hacer de la necesidad virtud

Steve Jobs fue un visionario. Cuando regresó a Apple en su segunda etapa convirtió a una compañía alicaída en un coloso mundial. Desarrolló el iPhone, el aparato que cambió nuestras vidas. Pero Jobs además de genio fue un oportunista. Hace 35 años, cuando empezó a tener éxito, fue de los primeros en tejer una red de filiales para aprovechar las ventajas tributarias que ofrecía Irlanda. Trasladaba el grueso de los beneficios que cosechaba en el resto del mundo a la pequeña ciudad de Cork para ahorrarse miles de millones en impuestos. No solo porque Irlanda tenga una de las tasas sobre beneficios más reducida de la UE. Desde allí utilizaba la técnica del “doble irlandés” o “sándwich holandés”–para que digan que los fiscalistas no tienen sentido del humor— para trasladar las ganancias a paraísos fiscales. Apple abrió un camino que siguieron Google, Microsoft, Facebook o Amazon. Pero no solo las grandes tecnológicas aprovechan la ingeniería tributaria. Miles de grandes farmacéuticas, bancos, y grandes corporaciones de todos los sectores montan intrincados sistemas a través de los que escaquear sus beneficios al fisco. A plena vista de las autoridades tributarias. El problema es que en la mayoría de las ocasiones estás estrategias son legales. Países como Irlanda, Holanda, Luxemburgo o Malta, por no recitar la lista de paraísos fiscales, ofrecen un trato de favor a las multinacionales que socava la recaudación allí donde realmente realizan las ventas.

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