Fue imperfecto, ¿como todos?

Que conste que estoy entrenada desde niña para escuchar conversaciones que no me interesan. El acto de escuchar sin protestar dilató mi paciencia, aunque siento que la voy perdiendo. He escuchado durante toda mi vida la descripción de jugadas de fútbol, de las mismas jugadas incluso, sintiendo que a mi interlocutor le traía al pairo si su relato era de mi interés. Lograba disociarme, como hacía en misa, pensar en otra cosa y regresar cuando terminara el sermón. Puedo imaginar que para los niños a los que no les gustara el fútbol debió de ser difícil estar fuera de este sistema tan abrumador. Han sido días de sermones y de creyentes. El culto a Maradona, porque culto ha sido, se ha expandido planetariamente y ha producido una lírica fervorosa que si se dedicara a otro Dios sería calificada de integrista. No contentos con repetir la jugada, las jugadas de este dios que ya nos mira desde el cielo, glosaban su vida erigiéndolo como referente para el pueblo. Antes de que cualquier mujer amenazara con cuestionar esta beatificación señores sobradamente preparados nos explicaban que hay que separar la vida de la obra. Caramba, esta demostración de racionalidad provenía de los mismos que se dedicaban a construir el mito glosando sus patadas pero también su aventura vital. Se le calificaba de hombre comprometido por sus fotos con Fidel Castro, como si ese souvenir que obtuvieron tantas celebridades fuera la prueba del cristiano viejo. ¿Sería posible actualizar los discursos? Se ha afirmado, incluso, que fue el consuelo de los pobres en la Argentina, ¿no es en sí un problema nacional que el recurso del desamparado sea este? Ha habido mucha letra de tango en las columnas, mucha prosa de macho, como la llamaba Umbral.

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