Fernando el Católico, el rey aragonés que cimentó España

Dada la sangre de sus padres, Fernando «El Católico» era tan aragonés como castellano, lo cual le hacía un príncipe por dos veces español. Nacido en Sos del Rey Católico -al noroeste de la provincia de Zaragoza-, el joven heredó el instinto político de su padre, y ya desde pequeño destacó por su inteligencia.

El padre de la criatura, Juan II de Aragón, decidió casarle con la hermanastra de Enrique IV de Castilla en busca de nuevos aliados, de cara a mantener las posesiones aragonesas en Italia frente a la amenaza que suponía Francia. La futura Isabel «La Católica» se postuló como la aliada perfecta y la mejor esposa para el joven Fernando. Ambos eran primos en segundo grado y tenían prácticamente la misma edad.

Sin que fuera lo habitual en este tipo de enlaces, Fernando e Isabel se enamoraron de forma instantánea al encontrarse en Valladolid. Él estaba considerado un príncipe apuesto con «los ojos garzos, las pestañas largas muy alegres sobre gran honestidad y mesura; los dientes menudos y blancos, risa de la cual era muy templada y pocas veces era vista reír como la juvenil edad lo tiene por costumbre». No obstante, en los primeros años de su matrimonio, las circunstancias políticas dieron pocos motivos para reír a los Reyes Católicos. Tanto fuera como dentro de sus reinos, se multiplicaron los desafíos para esta pareja que crearon las primeras instituciones comunes de lo que sería España y, entre otros símbolos de modernidad, unificaron su política exterior y entrecruzaron sus intereses.

A propósito del éxito de Fernando e Isabel en Nápoles y Sicilia, diría el afilado Nicolás Maquiavelo: «Vive en nuestros días Fernando de Aragón, Rey de España. Casi puede llamársele príncipe nuevo porque se ha convertido, por propio mérito y gloria, de Rey de un pequeño Estado en primer soberano de la Cristiandad».

Tras la prematura muerte de Isabel en 1504, Fernando proclamó Reina de Castilla a su hija mayor, Juana «La Loca», y tomó las riendas de la gobernación del reino acogiéndose a la última voluntad de su esposa. Sin embargo, Felipe «El Hermoso», marido de la Reina, se apoyó en la nobleza castellana para orillar al viejo Rey. Solo a la muerte del borgoñón meses después, Fernando regresó a Castilla para gobernar este reino durante más de una década.

A pesar de que el monarca buscó un heredero varón con su segunda esposa hasta literalmente su último aliento, lo cierto es que fue su testamento, donde dejaba todos sus reinos a su nieto Carlos, el que selló el definitivo nacimiento de España.

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