El viaje al horror de Joseph Conrad

La creación literaria no guarda relación con los valores éticos. Una buena novela no tiene por qué ser ejemplar moralmente. Y éste es el caso de El corazón de las tinieblas, publicada por Joseph Conrad en 1899, que ofrece un retrato de la brutal explotación de la población indígena en el Congo.

Hay quien ha visto en este relato una indecente justificación del colonialismo y también una visión racista de los nativos mientras que otros han considerado El corazón de las tinieblas como una devastadora descripción de los abusos del Imperio británico en su expansión por África. Las dos tesis pueden sustentarse perfectamente en esta obra de Conrad. El relato empieza en un bergantín que navega por el estuario del Tamésis en un plácido atardecer. Sentado en la cubierta, Marlow cuenta sus peripecias a unos amigos en un viaje por el río Congo, cuyo nombre jamás pronuncia.

Tirano sanguinario

Marlow es un avezado piloto que ha sido contratado por una compañía colonial de Londres para navegar miles de kilómetros por el río en busca de Kurtz, que dirige una estación en la selva que suministra cantidades fabulosas de marfil. Tras muchas dificultades, Marlow consigue reparar un viejo vapor que se va internando durante semanas en las profundidades de un territorio ignoto y amenazador. Tras superar numerosos peligros y ser atacado por los indígenas, Marlow llega a los dominios de Kurtz, que se ha convertido en un tirano sanguinario, dueño y señor de un vasto territorio, donde sus habitantes obedecen sumisamente sus órdenes.

Marlow se siente fascinado por la leyenda de Kurtz, que vive en una casa en una colina rodeada de postes, coronados por cabezas humanas. Marlow avanza a medianoche hacia el lugar donde se encuentra su interlocutor, mientras cientos de antorchas iluminan la selva y se escuchan los cantos de los nativos. Sin querer desvelar el final, las últimas palabras que pronuncia Kurtz son: «El horror, el horror».

Joseph Conrad, que había huido de su Polonia natal en su juventud y se había alistado en la marina mercante, fue contratado por una compañía belga como capitán del vapor Roi des Belges en 1890 para recorrer el río Congo en una expedición comercial que duró seis meses. Quedó impresionado por la brutal explotación de los indígenas y por la abrupta soledad de aquellos parajes en los que se podía navegar cientos de kilómetros sin ver un alma humana. En su legado, Kurtz deja un panfleto en el que recomienda: «exterminad a todas esas bestias», ya que el jefe de la estación carece de piedad y es implacable con los castigos a sus esclavos, que le consideran un dios. La admiración que acaba profesando Marlow hacia este ser cruel y sanguinario es lo que confiere a la obra ese carácter ambiguo desde el punto de vista moral.

No cabe duda de que Conrad quería describir los excesos del colonialismo del que había sido testigo en sus viajes, pero a la vez los habitantes de las tribus a lo largo del río son descritos como salvajes amorfos y sin voluntad, que se dejan engañar por el hombre blanco y aceptan resignadamente el dominio de monstruos como Kurtz. La lengua natal de Conrad era el ruso, pero toda su obra está escrita en un inglés culto y solemne, impregnado de romanticismo, que confiere a El corazón de las tinieblasuna atmósfera de tenebrismo y exaltación, muy del gusto de la época. En cierta forma, podríamos considerar a Conrad un heredero de Dickens, al que admiraba con la misma intensidad con la que despreciaba a Dostoievski.

Poder fascinante del mal

T. Edward Lawrence calificó su prosa de «asombrosa» y manifestó su admiración por sus largos parrafos, que «están construidos como algo que sólo existe en su cabeza y que terminan en una necesidad, una sugerencia de algo que se puede decir, hacer o pensar».

Al mismo tiempo que Marlow avanza con su barco, que literalmente se va deshaciendo en pedazos durante la travesía, la narración se convierte en una indagación sobre los límites del ser humano y el poder fascinante del mal. El implacable Kurtz se transfigura en las últimas páginas de la obra en una especie de superhombre en el sentido que daba Nietzsche a este concepto. Kurtz es hoy una de las grandes creaciones de la historia de la literatura, de suerte que ha inspirado a directores como Francis Ford Coppola que contrató a Marlon Brando para encarnar al personaje en Apocalypse Now (1979) en una versión libre que capta el espíritu de esta gran novela que sigue perturbando al lector.

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