El Liceu, en busca de la ilusión perdida

Hoy hace exactamente 25 años que un incendio arrasó el escenario más emblemático de la capital catalana: el Gran Teatre del Liceu. Aquella fría mañana de enero, y aún al calor de las brasas, se empezó a gestar el proyecto de un Liceu renovado. El fuego había suprimido la histórica sala, sí, pero también convirtió en cenizas un modelo organizativo que pedía a gritos evolucionar. Pasado un cuarto de siglo, los cambios son evidentes, como lo son también los aspectos que hasta ahora no se ha logrado resolver.

El fuego prendió poco después de las once de la mañana, pero el incendio se había estado gestando desde ocho años antes: los que tardaron las administraciones públicas y los propietarios del teatro en ponerse de acuerdo para financiar una remodelación que había sido encargada al equipo de Ignasi de Solà-Morales. Varios informes de los bomberos y uno del propio arquitecto, más que alarmante, ya habían advertido de los peligros que presentaba el coliseo.

De hecho, dos días después del incendio Solá-Morales ya tenía sobre la mesa el encargo formal de llevar a cabo la reconstrucción, y se empezaron a dar detalles: harían falta tres años de trabajo y 9.000 millones de pesetas, se dijo. Fueron cinco años y 22.000 millones los que permitieron inaugurar el teatro finalmente. Por el camino hubo que abordar problemas como las expropiaciones de edificios de vecinos y negocios colindantes, las complicaciones a causa de las aguas freáticas y un debate –con sordina– sobre la conveniencia de buscar al Liceu un emplazamiento más propicio, cosa que quedó descartada en pro de una reconstrucción fiel al original quemado.

Pese a mantener la apariencia de la antigua sala, el teatro se adaptó a las necesidades del siglo XXI, empezando por la climatización y siguiendo por doblar el espacio dedicado a oficinas y salas de ensayos, además de dotarse de una buena caja escénica. Pero pasada la euforia de la reapertura, que fue acompañada por un incremento sin precedentes en el número de abonos y entradas vendidos, llegaron los años de la crisis, que dieron al traste con muchos de los planes dibujados hasta entonces.

El teatro ha cambiado en este último año a su gerente (ahora es Valentí Oviedo, que tomó el relevo de Roger Guasch) y a su director artístico (Victor García de Gomar sustituirá a Christina Scheppelmann). Oviedo dejó claro en una entrevista a este diario que su objetivo es devolver al Liceu su esplendor de hace dos décadas. No son pocos los retos que tal objetivo plantea.

Los recortes han tenido una gran afectación en la plantilla –orquesta y coro incluído¡s–, que deberá corregirse si se quiere competir entre los mejores teatros de ópera. Sigue pendiente la creación de un Opera Studio que ayude a los jóvenes cantantes, y el Liceu sigue siendo de los pocos, si no el único establecimiento de la Rambla que cierra en agosto.

Por otra parte, queda pendiente la proyección audiovisual que a principios del milenio pareció coger impulso. Hoy las retransmisiones en cines -fuente de ingresos adicional- están copadas por la londinense Royal Opera House y el neoyorquino MET. El Liceu solamente transmite esta temporada dos óperas, y «La italiana in Algheri» no pudo verse en ningún cine de Francia, Alemania, Estados Unidos, ni en ciudades como Londres, París o Roma.

El espacio de 1.000 metros cuadrados que fue bautizado como «Espai Liceu» y albergaba una librería y una cafetería abiertas al público general fue después un restaurante y hoy está en desuso, como las antiguas aulas del Conservatorio del Liceu, mientras el espacio de oficinas y ensayos se queda pequeño por momentos. La fachada presenta desperfectos después de que el proyecto intervención del artista Frederic Amat acabase siendo rechazado. Un cuarto de siglo después del incendio, el Liceu necesita una nueva puesta a punto, que pasa por recuperar la ilusión perdida.

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