El arte como producto efectivo de rápido consumo

Si preguntamos si el arte hoy es una basura encontraremos una mayoría de apocalípticos, otra mayoría de indiferentes y otra minoría de integrados. En medio del general desinterés, hay propuestas que aman los integrados y aborrecen los apocalípticos, como el Salvador Dalí del Museo Reina Sofía, que poco tiene de contemporáneo, o Banksy y su mercadotecnia, que poco tiene de arte y mucho de mercado, pero con la capacidad de penetrar en el núcleo de los debates que preocupan a la sociedad.

Para entender por qué estas propuestas sí y otras no, hay que asumir tres conceptos: arte, sistema del arte e Historia del arte. El arte ocurre. No hay una definición exacta, pero ocurre. Sobre este fenómeno o proceso basal se edifica un sistema, el del arte, que incluye el mercado. En teoría, aglutina pulsiones de todo tipo para que pueda seguir existiendo, desde el artista sobre el que se construye todo al espectador, pasando por la galería, el museo, el coleccionista, el crítico y el comisario, junto a otros elementos secundarios. Una buena imagen para entender esto podría ser un magma que fluye y arrastra materiales que se queman y otros que resisten.

Altas temperaturas

Finalmente, la Historia del arte estudia ese magma y salva lo que no se ha fundido con las altas temperaturas de la actualidad, los intereses mercantiles y las primacías nacionales. A ella le queda juzgar a Banksy y a fenómenos similares.

Siempre fue así, pero hoy el mercado ha tomado los mandos del sistema de una forma inédita. Y no es el saludable mercado de siempre. En la actualidad, existen galerías que manejan todos los resortes, desde el artista al museo, canalizando el magma. El resultado es que muchos de los creadores que hoy se sitúan en las posiciones más altas del escalafón están ahí más por poderosos apoyos que por su calidad o interés.

Se puede pensar que siempre ha sido así, pero hoy la situación es crítica y añade un factor de velocidad: se consume a los artistas a un ritmo frenético, y, cuando se ha vendido a todos los elementos que se maneja, se les relega a un segundo plano. Es una velocidad inherente a los tiempos de la hipercomunicación y el hipercapitalismo, y en esa velocidad frenética puede sorprender que los artistas que en 2001 coronaban el sistema del arte internacional fuesen Mathew Barney y Vanessa Beecroft. Digamos que hoy no son tan frecuentes en las programaciones de los grandes centros.

Oportunismos

Si el mercado es demasiado poderoso, aúpa a artistas por rentables y oportunos. Chis Ofili en la selección de Sensation expuso una virgen con excrementos que fue atacada repetidamente para beneficio de Saatchi, el impulsor de la exposición. Fama fulgurante y pabellón en Venecia. El mercado sin control puede promover propuestas -mediáticas- si le conviene para lograr impacto en medios de comunicación o vender un producto efectivo de rápido consumo. Esto no es nuevo pero nunca ha sido tan frecuente.

Siendo éste uno de los peligros, hay otro mayor por el que el arte se prostituye de manera preocupante y es la corrección política. El mercado puede alterar nuevamente la realidad artística centrándose en las propuestas más conservadoras, las más estéticas que no tienen por qué estar vacías de contenido, pero que con frecuencia lo están. Si miramos las ferias y bienales nos podemos encontrar con que lo político está desapareciendo no del sistema pero sí del mercado, que había aprendido a convivir con estas pulsiones necesarias. La corrección también altera la realidad del arte y nos deja dos preguntas inquietantes: ¿Será capaz la Historia del arte de limpiar para el futuro lo que en el arte de nuestro tiempo ha ocurrido, de restarle las impurezas a ese magma que fluye al margen de la sociedad, ajena a lo que a nosotros tanto nos interesa? Y, dos: ¿Cómo se abre una fisura en el núcleo de la sociedad para que todo esto salga de los debates de expertos y llegue a todos?

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