Contra la desafección del arte contemporáneo

Uno de los principales escollos de las primeras vanguardias fue su incapacidad para dar respuestas a las hipótesis que plantearon. Como ha explicado Juan Martín Prada, esto abrirá el camino de nuevas poéticas que, en sus manifestaciones más radicales, exhibirán artefactos provisionales y cargados de incertidumbre. Los agentes del arte hemos asumido sin muchas discrepancias discursos que se afirman a través de la contradicción y la duda. Pero, para la mayor parte del público, resulta difícil evitar la idea de que nos pueden estar tomando el pelo, ya que apenas existen criterios de valoración que identifiquen las mistificaciones. Además, frente a otras producciones de la industria cultural, el espectador permanece excluido de los procesos de legitimación del arte, que corresponden al galerista, al coleccionista, al director de museo, al crítico o al comisario; nunca a un público que asume, a veces con incredulidad, las conclusiones teóricas y de mercado acerca de cuáles son las obras sobresalientes de nuestro tiempo.

Estoy en desacuerdo con la costumbre de tildar de conservador o ignorante a quien manifieste sus dudas frente a las corrientes emergentes de creación. La recepción del arte siempre ha implicado dificultades: su novedad, la falta de familiaridad y su inherente rareza. A esto se suma que la producción artística hoy no se colma de sentido sin un componente teórico, algo que ya advirtió Danto al señalar que únicamente hay arte contemporáneo desde la interpretación. Más aún cuando las nuevas prácticas no parecen tener entre sus prioridades generar belleza, imitar la realidad o inventar otros universos, sino interpelar los vacíos, las exclusiones y las discrepancias del mundo que nos ha sido legado.

Muchos artistas de las últimas décadas han intentado modificar el rol contemplativo del espectador para transformarlo en partícipe o en coproductor. No ha sido suficiente para corregir una desafección que se apoya en razones estructurales: la más elemental, al menos en nuestro contexto, estaría en el lamentable trajín que han sufrido las enseñanzas artísticas y filosóficas dentro del sistema educativo. Pero también hay que subrayar la responsabilidad de los que operamos en el ámbito cultural: me refiero a las narrativas excluyentes de la historiografía académica, a cierta desorientación de la crítica, a la banalidad de muchos comisariados, a la especulación financiera de algunos marchantes y coleccionistas, o a la pervivencia de una museología jerárquica y universal.

Vías de mediación

No existe para el arte una única verdad, sino que ésta se va construyendo a medida que se presenta. Del mismo modo, la novedad por la novedad no es en sí misma un parámetro de valor, pero sí puede serlo la disrupción del consenso. Para que las nuevas formas de sensibilidad conecten con el espectador es necesario dilucidar vías de mediación que aseguren producciones de sentido. La cuestión no es, como ha explicado Oriol Fontdevilla, que nuevos discursos como lo queer o lo decolonial encuentren ámbitos para ser representados, sino ámbitos donde ser realizados, escrutados y debatidos. Es el momento de transformar no solo los esquemas pedagógicos de la modernidad, sino también la propia ontología de las instituciones. Y es esencial ofrecer al espectador una autonomía que se salga de las directrices especulativas del mercado y que, entre otras cosas, permita nuevos modelos de coleccionismo. Sin este compromiso con la capacidad crítica de la ciudadanía, las propuestas más rupturistas seguirán siendo percibidas como confusas, elitistas y herméticas, cuando no calificadas directamente de «marcianada».

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