Brindar con las estrellas | EL PAÍS Semanal

Cerca de la localidad vallisoletana de Fompedraza se encuentra Pago del Cielo, en un enclave único. Coronando un paisaje de valles encajonados y sobre una suave planicie, este viñedo es un balcón natural desde el que se divisa el amplio horizonte de la comarca de Campo de Peñafiel, y en el que las noches de verano se pueden observar unos espectaculares cielos estrellados.

Pero este emplazamiento, además de ser un placer para la vista, también es el origen de un vino con una personalidad diferente. Los 900 metros sobre el nivel del mar de estas tierras, una de las cotas más altas dentro de la Denominación de Origen Ribera del Duero, lo convierten en un sitio privilegiado para la actividad vitivinícola. Allí, bajo el influjo de las estrellas, se encuentra el origen de Celeste Crianza, un vino que es un fiel reflejo del lugar en el que nace.

La altitud de Pago del Cielo es el secreto que permite que, a pesar de la dureza del clima continental, la uva tempranillo prospere de manera especial. La sensación térmica que le procura la altura, baja incluso en las bochornosas noches de verano, así como los vientos provenientes del valle, equilibran las altas temperaturas a las que se ve expuestas durante el día. Ese contraste hace que la uva encuentre un sosiego y se curta de manera que amplifica sus notas ácidas durante el proceso de maduración y concentre su sabor, algo fundamental para desarrollar la personalidad del vino al que dan forma.

De intensa expresión frutal, con cuerpo voluminoso y de firme estructura, Celeste Crianza transmite la frescura y la intensidad de las noches estrelladas de final de verano, cuando las uvas alcanzan su punto óptimo de maduración en esas condiciones climatológicas tan peculiares. Es esa conexión con la bóveda celeste la que se imprime también en su recolección, realizada de noche de manera que los frutos de las viñas conserven esa sensación térmica y se transmita al siguiente paso del proceso de elaboración del vino.

Sobre esa materia prima interviene después el saber hacer de la tradición de Ribera del Duero y de un equipo, liderado desde hace doce años por el enólogo Juan Ramón García, que se guía por los procesos perfeccionados en esa denominación a lo largo de décadas. Los doce meses de crianza en barricas de roble francés le otorgan cuerpo y notas tostadas, en los que también se desarrolla su color cereza oscuro y reflejos granate, y aflora el ligero tono mineral propio del terruño en el que ha crecido la uva.

Todas estas características lo convirten en un vino aromático, frutal y de gran persistencia en boca, por lo que es un compañero de mesa ideal para degustar con carnes a la brasa, quesos maduros y, especialmente, con platos como el cordero asado. También para brindar en compañía de los seres queridos y celebrar, a ser posible bajo un cielo estrellado, alguno de los mejores placeres de la vida.

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