Yo soy profesor, profesor profesor

No corren buenos tiempos para los profesores. En el tira y afloja por los comienzos del curso, su voz no ha sido la mejor escuchada. Pareciera que los protocolos de separación, ventilación, entrada y salida, desinfectación de material, estampado del felpudo y demás aspectos de intendencia se hayan comido la más importante de todas las lagunas, la de la enseñanza misma. El continente se ha impuesto sobre el contenido. Puede que la humillación que corona el pastel de desatinos haya llegado con las colas infames para el análisis que se produjeron en Madrid la semana pasada. Había que frotarse los ojos para comprender que se obligara a cientos de enseñantes a esperar horas bajo el sol, en grupos masivos, arracimados y sin tino, para someterse a una prueba privatizada en la que 2.000 detectados tendrán que pasar por otro análisis más serio. Al menos, el dinero se lo repartirán los amigotes, porque si no el desastre sería inexplicable. Los profesores merecerían al menos ser tranquilizados y bien tratados, pero, como sucede con los médicos de la asistencia primaria, se ignoran sus peticiones más que razonables.

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