… Y ¿Andalucía se levantó fascista?

“¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?” Eso respondía ante los periodistas el que fuera el último presidente del Consejo de Ministros de la monarquía de Alfonso XIII, Juan Bautista Aznar. Se acababan de conocer los resultados de las elecciones municipales de 1931 y los republicanos habían vencido en 41 de las capitales de provincia. El rey Alfonso XIII asumió su fracaso y posiblemente su error de apoyarse en la dictadura de Primo de Rivera, abandonando España y dejando el camino expedito a la Segunda República. El resultado de aquellas votaciones democráticas sorprendió a todos, incluso a los que de alguna forma resultaron vencedores. Y eso es lo bonito de la democracia, cada ciudadano tiene la oportunidad de decidir cada cierto tiempo, quien quiere que gobierne su país, autonomía o municipio. El gobernante más tarde o temprano tiene que someterse al implacable veredicto de las urnas, algunas veces te puede gustar más o menos, e incluso puedes considerarlo más o menos injusto, pero es una de las reglas fundamentales de la democracia, un ciudadano un voto. En 1931 los monárquicos asumieron el final de su largo mandato sin demasiadas estridencias, algo que no parecen compartir socialistas y podemitas tras su debacle en las elecciones andaluzas del pasado dos de diciembre. El día anterior Andalucía se había acostado socialista, siendo la única autonomía de España que no había cambiado de partido gobernante. Las encuestas del CIS vaticinaban una suave caída tras el desgaste de años de gobierno y con multitud de casos de corrupción, pero se confiaba en el efecto Pedro Sánchez. También la confluencia podemita esperaba captar en sus redes los posibles votos perdidos por los socialistas, de tal forma que casi nadie ponía en duda que Susana Díaz iba a seguir unos años más al frente de la Junta. Por otro lado, el mayoritario partido de la oposición, el Partido Popular, asumía que también iba a bajar en escaños y ya planificaba cómo poder explicar a sus votantes su previsible derrota de forma asumible, ya que eso del “jugamos como nunca, pero perdimos como siempre”, empezaba ya a aburrir. Los cambios tecnológicos han hecho posible que no fuera necesario esperar a la mañana siguiente para conocer los resultados que, salvando las distancias, fueron tan sorprendentes como los del treinta y uno. El PSOE perdía casi uno de cada tres escaños de los que tenía y la unión de Izquierda Unida y Podemos no solo no recogía los votos perdidos, sino que se dejaba un quince por cien de los que tenía. Ciudadanos y Vox fueron los grandes vencedores de la noche al incrementar en doce diputados sus resultados de las anteriores elecciones. Los populares, pese a su retroceso, mostraron su entusiasmo, ya que se abría la posibilidad de gobernar la junta en coalición. Hasta aquí, todo es más o menos sorprendente, pero entra dentro de lo posible de las votaciones democráticas. Pero por primera vez en la historia de nuestra democracia un partido animaba a salir a la calle para mostrar repulsa por los resultados democráticos mientras el otro no dejaba de asustar con el terror fascista. Al día siguiente cientos de manifestantes salían a la calle a protestar por el “despertar fascista de Andalucía”. Gente que probablemente no fue a votar el día antes, se quejaba de que el resto de los ciudadanos de su comunidad hubiese elegido otra opción. Para mí, fascismo es lo que hace esta gente, solo respetar los resultados de las votaciones cuando ganas. Es curioso, que los que rinden pleitesía a genocidas como Lenin o Stalin, o los que pactan con partidos como Bildu, o los que van a visitar a golpistas en la cárcel para llegar a acuerdos en los presupuestos vengan a dar lecciones de democracia al resto. Socialistas y podemitas tienen dos opciones ahora. Seguir llamando fascista todo que no piense como ellos y alentando los desórdenes en la calle, o lo que entiendo que es mucho más razonable, reflexionar acerca de los errores que les han conducido a su estrepitosa derrota y a planificar como pueden recuperar los votos de forma democrática. Lo de recuperar en la calle los gobiernos que se pierden en las urnas no es una buena opción. Desgraciadamente no hace falta mirar mucho atrás en el tiempo para darse cuenta de ello. Andalucía no despertó fascista ni mucho menos, tiene una nueva composición de su Parlamento que esperemos dé lugar a un gobierno eficaz, seguro que es lo que quieren los andaluces.

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