Volviendo a Faulkner | Babelia

La lejanía embellece la literatura porque revela su médula de universalidad, pero también puede envolverla en malentendidos. Quien ve muy de cerca la historia o el mundo de una novela corre el peligro de subvalorarla porque se fija sobre todo en su conexión con lo real, como quien conoce al modelo de un retrato y juzga el cuadro por su parecido. Cualquier ciudad, inventada o real, que conocemos solo a través de las novelas cobra para nosotros un resplandor mitológico, y hasta su nombre se nos vuelve poético, aunque sea del todo común para quienes lo usan a diario. La primera vez que yo vi el nombre de Memphis en la tipografía de letras blancas sobre fondo verde de las autopistas americanas, lo que veía no era un indicador de dirección, sino la palabra conjuro que contenía para mí toda una riqueza de música y literatura, y también de heroísmo y militancia política. En ese nombre resonaban vidas de bluesmen y de personajes de Faulkner, además de la sombra trágica de Martin Luther King.

Es la poesía de los nombres, y la de los lugares donde uno no ha estado nunca. Justo al poco de leer ese indicador el taxista que nos llevaba desde el aeropuerto nos hizo una señal, y vimos un río inmenso al mismo tiempo que escuchábamos el nombre en una voz grave con el acento del sur: “The mighty Mississippi river!”. Había una exclamación en el tono de la voz, en el simple enunciado de las sílabas del nombre. Es el exotismo de la lejanía una de las razones que nos atraen tanto hacia las novelas de Faulkner. Los nombres de los lugares cobran una solemnidad definitiva que también tienen los nombres de los personajes, y hasta los títulos mismos de los libros. El mundo que encontramos en cada una de esas novelas que se encadenan entre sí igual que las leyendas mitológicas en las tragedias griegas es intemporal y arcaico; todos los hilos sueltos que Faulkner fue tejiendo a lo largo de muchos años se conjugan en una sola narración que tiene algo de cosmogonía. Algunos de sus títulos mayores aluden al Antiguo Testamento: Go Down, Moses o Absalom, Absalom!

Está bien que la novela se mida con el mito en esta época en la que parece que el alimento de la imaginación ha de ser en exclusiva el fast food de lo audiovisual. Faulkner era un modernista que se había educado leyendo a Conrad, a Joyce y a Virginia Woolf, pero también era un hombre muy arraigado en su pueblo y en su comarca, con un oído atento a las peculiares cadencias narrativas de una sociedad muy oral, y con un sentido de la justicia o de la decencia que le impulsó siempre a no cerrar los ojos ante la brutalidad radical de la sociedad en la que se había criado, y hacia la que sentía una mezcla de fiera pertenencia y rechazo sin alivio. Para un lector europeo, para los aficionados españoles que nos acercábamos a Faulkner a través de su influencia sobre maestros latinoamericanos, sus historias eran más poderosas por el exotismo de sus escenarios y por la estatura heroica o abismal de personajes que solo podían existir en la literatura. Borges había traducido The Wild Palms. Onetti aseguraba con una especie de impúdica franqueza que toda su obra era un plagio de Faulkner.

Había que leerlo más despacio para darse cuenta de que por encima de los arquetipos mitológicos o bíblicos había una carga de denuncia política, de refutación de las mentiras de la historia oficial. En el territorio de Faulkner, la topografía inventada y real de Yoknapatawpha, había existido desde luego un génesis y un pecado original: en el génesis estaba la expulsión y el exterminio de las poblaciones indígenas, y la destrucción del medio natural para convertir la tierra en plantaciones de algodón; el pecado original era el crimen sin disculpa de la esclavitud, que no fue borrada tras la derrota del sur en la guerra, sino que dio lugar a otro crimen más duradero y no menos cruel, que fue el de la segregación, y que llega a nuestros mismos días.

Faulkner es algo más que intemporal: es relevante porque en la actualidad diaria de EE UU sigue explotando a la vista de todos el absceso del racismo, fortalecido por la injusticia social, legitimado por una negación de la realidad y de la historia, que habían cambiado menos de lo que todo el mundo pensaba.

Fue viendo en los periódicos las noticias sobre el ascenso del supremacismo blanco y sobre la incesante brutalidad policial como a Michael Gorra, un historiador excelente de la literatura, se le ocurrió regresar a Faulkner. Quería estudiar con detalle la presencia en sus novelas de la esclavitud, de la guerra civil, de la llamada Reconstrucción: el modo en que Faulkner ejercitó en soledad su mirada crítica justo en la época en la que los historiadores de más prestigio se aliaban a novelistas y cineastas abiertamente reaccionarios para inventar una imagen halagadora y embustera de la llamada causa perdida: el sur no se habría sublevado en defensa de un sistema bárbaro de explotación y compra y venta de seres humanos, sino del derecho a la soberanía de los Estados frente al despotismo del Gobierno federal, y de una civilización ceremoniosa y agraria, casi pastoral, incompatible con el capitalismo industrial del norte.

La mentira era tan poderosa que dura todavía. La ausencia de revisión histórica ha legitimado una perduración soterrada del racismo que se acentuó durante la presidencia de Obama y estalló sin control gracias a la demagogia incendiaria de Donald Trump. Por eso el libro recién publicado de Michael Gorra, The Saddest Words: William Faulkner’s Civil War, siendo una indagación clarividente en la literatura, posee también la urgencia de un ensayo político. Un novelista suele ser mucho más agudo en las historias que cuenta que en sus opiniones personales. Faulkner siempre tuvo el coraje de decir en público lo que pensaba, pero solo estuvo de verdad libre de los prejuicios de su época, su tierra y su clase cuando ejerció la libertad de su imaginación. Lo llamaron traidor y recibió amenazas de muerte. Contestó borracho perdido a una entrevista y dijo cosas terribles sobre el sur y sobre los negros de las que al día siguiente se horrorizó, y se avergonzó siempre. En sus novelas, los negros, los pobres, las mujeres poseen una plena humanidad que tardaría mucho en ser reconocida por las leyes, y que aún hoy con mucha frecuencia se les niega en la práctica.

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