Virus, guerra y ansiedad

La pandemia del coronavirus exige confinamiento. El mandato gubernamental impone la distancia física, que conlleva el distanciamiento emocional. Un muro invisible se ha levantado entre los hombres y profundiza la individualización. La justificación de tal mandato es primero científica: evitar el contagio. “Quédate en casa” es un eslogan insoslayable en los medios que produce miedo al otro y angustia. La segunda legitimación es moral (“este virus lo paramos todos”) y apela a una comunidad cívica, en realidad una sociedad de individuos encerrados. Este civismo se teje del interés bien entendido: mi encierro contribuye al control del contagio. La virtud privada y el temor supervivencial generan beneficios públicos.

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