Viaje a las zonas clave del tráfico de hachís en Marruecos

Guat el Marssa, entre Castillejos y el puerto nuevo de Tánger; Side Abdesalam, entre Tetuán y Azla; la playa de Oued Lau; Jnan Nich, entre Ouled Lau y Jebha, cerca de Tetuán; lugares de costa próximos a Larache… Fuentes marroquíes consultadas por ABC marcan estos puntos como zonas clave del norte de Marruecos desde las que salen las narcolanchas cargadas con hachís rumbo a España. «Cada enclave tiene su propio jefe y las redes operan con absoluta impunidad; nadie les molesta», explican. «Solo se actúa si hay denuncia; en caso contrario, se mantiene el statu quo».

Acceder a Guat el Marssa no es sencillo. Se trata de un conjunto de casas sobre una ladera que acaba en una pequeña playa muy recogida a los que se llega a través de un camino mal asfaltado, en su tramo final con una acusada pendiente. A mitad de trayecto entre la carretera principal y ese punto hay una explanada: «Cuando se va a cargar el hachís en las lanchas, normalmente de madrugada, varios coches de la organización se cruzan en ese lugar para impedir que algún vehículo ajeno pueda acceder. Todos en la zona lo saben, también la Policía, pero se deja hacer con absoluta impunidad». Incluso, hay un pequeño cuartel de la Gendarmería en cargado de vigilar…

Algunas de las mejores casas de Guat el Marssa, un paraje de gran belleza natural, sirven como almacén de enormes cantidades de hachís. Son las «guarderías», y se distinguen por sus muros altos y grandes garajes, a pocos metros de la playa. «Están perfectamente identificados y se conoce y dónde está la droga, ¿por qué nadie hace nada?», se pregunta la fuente, que sobre el terreno va señalando los inmuebles sospechosos.

Las noches en las que se cargan las lanchas rápidas se abren los portones de esas casas y en muy poco tiempo se hace la operación. Primero los coches llevan el hachís hasta la playa, y a partir de ese momento es el turno de los porteadores. Desde la carretera no se puede ver el arenal, de modo que está garantizada la discreción. Poco después las embarcaciones ponen rumbo a las costas andaluzas, especialmente de Cádiz, donde las esperan para alijar la carga, también en pocos minutos. Y vuelve a girar la rueda del negocio multimillonario.

Desconfianza

Por supuesto, en Guat el Marssa el forastero es recibido con desconfianza. No se trata, claro, de un lugar para turistas y mientras se recorre la zona la impresión constante es la de que alguien vigila. Muchos de los que allí residen viven del negocio, y cualquiera que pueda romper el sosiego del que se disfruta no goza de especiales simpatías.

Los precios del hachís varían según la zona, la demanda y la calidad de la droga. Normalmente oscila entre los 300 y los 700 euros, y en cada narcolancha pueden cargarse hasta tres toneladas. El beneficio es muy alto en España, y desde luego también en Marruecos. Y por supuesto hay alianzas entre traficantes de los dos países para maximizar beneficios. La mayor parte de ellos, además, o tienen residencia o nacionalidad española.

En Marruecos el dinero de la droga se invierte mayoritariamente en Tánger y Castillejos, en restaurantes, cafés y, cómo no, también en el sector inmobiliario. Según los testimonios recogidos, los bancos no hacen demasiadas preguntas sobre el origen de los fondos. Las operaciones contra el tráfico de drogas en general, y el lavado en particular, son escasas para la magnitud del tráfico que existe.

La palabra clave es corrupción. «En verano -relata uno de los interlocutores a modo de ejemplo- alguien recibió un vídeo sorprendente: uno de los traficantes de drogas más poderoso de esta zona, con una decena de órdenes de busca y captura en vigor, departía tranquilamente con unos gendarmes en el arcén de una carretera. Al verlo decidió enviárselo de inmediato a un jefe policial concreto (se omite nombre y cargo concreto por razones de seguridad), del que se fiaba por su honestidad. La reacción del mando explica muy bien lo que sucede: cogió a un grupo de agentes de su confianza y él mismo detuvo a ese individuo. En su todoterreno se intervinieron 7 teléfonos móviles, 15 tarjetas SIM usadas y otras cinco nuevas… y mil euros y 5.000 dirhams en efectivo. Por supuesto, iba a hacer un pago a policías».

La impunidad alcanza situaciones clamorosas, siempre según los testimonios recogidos. «Hay narcos que se pasan diez años en busca y captura y que en ese tiempo han peregrinado a La Meca… Son gente que está bien considerada, con prestigio social porque dan trabajo y mueven dinero. Algunos tienen contactos con diputados del Parlamento marroquí, pero nadie actúa. Tienen todo el poder; parte de la sociedad valora más a los traficantes que a un médico o un profesor», se lamentan las fuentes.

Por supuesto, no toda la Policía marroquí, ni la Gendarmería es corrupta, y de hecho entre sus miembros hay grandes profesionales que trabajan por acabar con estas mafias de la droga con gran sacrificio y riesgo personal. En su contra, los bajos sueldos de los agentes, que abren paso a ese «dejar hacer» a cambio de una «ayudita» para llegar a fin de mes. Tampoco el Gobierno ni muchos políticos son cómplice de esta actividad ilegal. Pero según las fuentes consultadas el crimen organizado ha desplegado todo su potencial corruptor y contaminado muchos sectores de la sociedad marroquí.

Espejo en España

El espejo de esta situación en España es el Campo de Gibraltar y la Costa del Sol. En la primera de las zonas Interior ha desplegado un plan especial contra el tráfico de hachís y en la segunda los ajustes de cuentas, que este año se han intensificado, demuestran la intensa actividad de las mafias.

Detrás de los crímenes suele haber un «vuelco» -robo de alijos de droga entre organizaciones-, deudas o alguien que se pasa de listo y que actúa al margen de su red o se queda con parte de la mercancía. No es delincuencia que influya en la seguridad ciudadana de la costa malagueña -los índices de criminalidad están bajando-, pero sí causan alarma social.

Los grandes productores de hachís están en Marruecos y en la Costa del Sol tienen un representante. Las redes británicas, francesas, italianas o las holandesas envían a emisarios que les encargan la mercancía. El contacto de la mafia magrebí, con el visto bueno de su jefe, contrata a «collas» de lancheros, alijadores, encargados de «guarderías» y «aguadores» (los que vigilan la costa para alertar de la presencia policial). Son grupos autónomos, «trabajadores» por obra.

Los compradores envían a sus transportistas a recoger la droga, nunca a una «guardería», por si sus vehículos están balizados. «Claro que hay asesinatos, y habrá más porque el negocio va a seguir. Marruecos está ahí al lado y el puerto de Algeciras es punto de entrada de la cocaína. En la Costa del Sol, además, hay muchos individuos relevantes en el narcotráfico. Lo único que se puede hacer es reforzar y mejorar los medios de las Fuerzas de Seguridad», dicen los expertos.

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