¡Vete a un médico!

Diazepam, trankimazín, lexatín, lorazepam, valium. Cuando escuché a Íñigo Errejón pronunciar esos nombres tan familiares, imagino, para ustedes también, añadí otros que me han aliviado la ansiedad o el insomnio, que han paliado el jet lag, la soledad, la ansiedad recurrente que se manifiesta en trastornos de la piel, del estómago, en tirones musculares. Cuando Carmelo Romero, desde la bancada del PP, gritó: “¡Vete al médico!”, de inmediato pensé en Mariela Michelena, en Diego Figuera, en Luis Salvador Carulla, en Francisco Orengo o en Vladimir Gasca, que alivió mis soledades neoyorquinas en esa pequeña consulta suya de Queens. A Gasca lo mío le debía de parecer pan comido teniendo en cuenta que en la planta de psiquiatría del tremendo Elmhurst Hospital que él dirigía con determinación y sosiego se atendía a personas con ese tipo de trastornos que socavan el desarrollo deseable de una vida. Si el periódico daba cuenta de un individuo que se había arrojado a las vías del metro, inevitablemente Gasca corría a informarse de si se trataba de uno de sus pacientes. La soledad, las obsesiones que provoca la vida en una gran mole urbana, la precariedad, todo eso unido al miedo, en el caso de inmigrantes, a ser expulsados, un miedo que se acrecentó considerablemente en la era de Trump. Me pregunto cómo habrán sido estos meses en ese hospital que él mismo definió al principio de la pandemia como el centro del epicentro.

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