Vacunas con bandera

La vacuna contra la covid publicitada esta semana por el presidente ruso, Vladímir Putin, es solo la última manifestación de un fenómeno preocupante que trasciende con mucho al hecho diferencial ruso: el nacionalismo vacunal. Es un dato bien conocido por anteriores pandemias —las ha habido, aunque no tan graves— que, ante una situación de emergencia sanitaria global, los países ricos optan por políticas egoístas para hacerse con sus dosis de medicamentos, justo en el momento en que más deberían colaborar contra una amenaza que ignora soberanamente sus aduanas y sus intereses miopes. Las fronteras y los nacionalismos son un grave obstáculo para articular políticas internacionales inteligentes contra un riesgo planetario, ya hablemos de cambio climático o de contención pandémica. Los países nunca han estado a la altura de esos retos, y siguen sin estarlo.

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