Una indefensión atroz

Claudio Cerdán

El agente que hizo de enlace entre los investigadores y la familia explicó que la primera vez que Patricia Ramírez fue a declarar a la comandancia de la Guardia Civil la encontró en el suelo rota en lágrimas. No tenía fuerzas para ponerse en pie. La tarde del martes 10 Patricia testificó en el juicio contra Ana Julia Quezada. Solicitó que quitaran el biombo que las separaba. Quería mirarla a los ojos mientras le decía algo que, sin duda, le salió de las entrañas: «Eres mala, muy mala, rematadamente mala».

Entre ambas escenas hay un abismo de tiempo y emociones. Ninguna de las dos mujeres es la misma. Solo las une, por distintas razones, la ausencia de un niño sobre el que gira el juicio pero del que apenas se ha detenido nadie a hablar. Tenemos un retrato completísimo de Ana Julia desde que llegó a Burgos con 18 años, pero casi no hay detalles de Gabriel.

Solo cuando habló el psicólogo se entrevieron algunas pinceladas del niño, como su gran nobleza o la educación en valores que le proporcionaron sus padres. Ayer, los peritos de la científica confirmaron que obtuvieron el ADN de Gabriel de dos ositos de peluche ante el silencio de la sala. Si no es por esto, solo tendríamos la visión distorsionada de la asesina confesa.

El diccionario indica que viudo es aquel cuya pareja ha fallecido o que huérfano es quien no tiene padres, pero no hay una palabra que defina a unos padres que han perdido a un hijo. Es un dolor sin nombre, una aflicción tan profunda que nadie se ha atrevido a bautizar. Son personas amputadas. A simple vista quizá no se aprecie, pero les han arrancado de cuajo la parte más importante de sus vidas.

Nada justifica tanta crueldad mantenida durante tanto tiempo. El primer día la acusación particular hizo hincapié en el delito de lesiones psíquicas hacia Ángel y Patricia. En las siguientes sesiones apenas se ha hablado de ello, quizá porque se da por sentado. Lo raro sería no tenerlas. De Ana Julia tampoco se ha comentado nada, pero a simple vista no parece estar en shock. Ni ahora ni cuando dio su versión de los hechos.

Una pala, un hacha, un martillo…

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Las pruebas recogidas por los peritos rellenan muchas de las lagunas existentes. Ahora se sabe que Quezada pasó cerca de tres horas en la finca de Rodalquilar, las medidas de la tumba que cavó, lo que hallaron en su vehículo o el coste del operativo. Por primera vez ha aparecido la palabra «sangre» durante el juicio.

Se ha hablado de una pala, un hacha y hasta de un martillo, elementos que cualquier escritor de terror añadiría a sus novelas para estremecer a los lectores. También sabemos que Ana Julia limpió en Rodalquilar dado que hallaron una mancha sobre un interruptor gracias a luces forenses. Pruebas científicas, protocolizadas, recogidas por expertos y conformes a la legalidad. En otras palabras, incuestionables.

El abogado de la acusada no lo ve igual. Hernández Thiel ha reprochado varias veces al tribunal que Ana Julia es víctima de indefensión, principalmente por no estar de acuerdo con el orden a la hora de preguntar a determinados testigos. Para ello ha citado el Tratado de Roma y hasta la Constitución. Los términos jurídicos a veces son engañosos. Lo que se está viviendo en la Audiencia Provincial de Almería es un proceso garantista en un Estado de derecho. Siguiendo con el diccionario, «indefensión» significa falta de defensa. Por ejemplo, cuando un niño encuentra la muerte a manos de un adulto hablamos de indefensión. Una indefensión atroz.

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