una decisión sopesada ya hace un año

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El lunes solo unos pocos sabían de antemano que el único líder que ha tenido Ciudadanos (Cs) iba a dejarlo todo. Albert Rivera llegó al Comité Ejecutivo, el último de su mandato, con la firme decisión de dimitir de su cargo, no recoger el acta de diputado y abandonar la política. Su renuncia sorprendió a muchos en el cónclave liberal, pero no era la primera vez que se planteaba algo así.

Fuentes de su entorno más cercano aseguran a ABC que el expresidente de Cs acusaba ya hace un año el desgaste de tanto tiempo en la oposición. Primero en Cataluña y después, desde el 2015, en el Congreso de los Diputados. La de Rivera fue una carrera de obstáculos. El destino acertó de lleno al colocarlo por azar como presidente del partido —se ordenaron los nombres de todos los integrantes de forma alfabética y fue escogido el primero; Albert—, pero la debacle con la pérdida de 47 escaños en solo seis meses le forzó a despedirse de manera ejemplar.

Tras su elección en 2006, todo fue más difícil. Consiguió entrar contra pronóstico en el Parlamento catalán con tres diputados —«toma tres, TV3»— y creció hasta dar el salto a la política nacional en 2015. Aquel año Ciudadanos, todavía C’s, irrumpió en la Cámara Baja con cuarenta diputados. Y desde entonces añadió a su pugna contra el independentismo la batalla contra un bipartidismo que nunca se ha ido.

Podría decirse que la etapa política de Rivera comenzó a morir de éxito. Un miembro de peso en el disuelto Comité Ejecutivo de Cs, en privado, marca el 1 de junio del 2018 como la fecha del inicio del declive y de los errores estratégicos: el día que Cs fue el único de todo el arco parlamentario que defendió al PP en la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez al Palacio de la Moncloa.

El pasado 28 de abril, cuando Cs consiguió su mejor resultado histórico en el Congreso con 57 diputados, fue un espejismo producido por el «préstamo» de votantes con un claro posicionamiento ideológico en la derecha. Con la repetición electoral, Cs abandonó el «no es no» a Sánchez con dos efectos: gran parte de su votante de centro se fue a la abstención preguntándose por qué ahora sí y no antes, mientras que su elector de centro-derecha regresó al PP o se marchó a Vox. Hace tiempo que el votante de centroizquierda abandonó Cs y que las transferencias del PSOE a los liberales son residuales.

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La moción de censura descolocó a Rivera porque el líder liberal, que se precipitó nada más conocerse la sentencia de la Gürtel a proclamar que la legislatura estaba «agotada», se encontró con un Sánchez que quería gobernar al menos unos meses antes de convocar elecciones. Cs estaba disparado en las encuestas y apostaba por unos comicios inmediatos. Pero los planes del PSOE pasaban por rentabilizar su acción de gobierno.

Cs, en enero del 2018, tras el rotundo éxito en las elecciones catalanas del 2017 —en las que un partido no nacionalista ganó por primera vez—, superó en intención de voto a populares y socialistas con un 26,2 por ciento según GAD3. Y en marzo se vio otra vez como primera fuerza (27,3%) y, además, prácticamente empatado en escaños con el PP (91-93 contra los 92-94 de los populares).

Pero en el «tracking» recopilado por GAD3 entre los días 7 y 8 de junio, la semana posterior a la moción de censura, el PSOE se disparó a un 28,8 por ciento, el PP se estableció en el 25,6 y Cs bajó a un 21,1 y setenta diputados. Los liberales, impasibles ante la corrupción, cayeron en su primera contradicción mientras los socialistas presumían de gesta y los populares aparecían como los más damnificados por una maniobra para la que el PSOE necesitó a los independentistas catalanes y a EH Bildu.

Desde entonces Cs retrocedió en los sondeos y Rivera se replanteó su futuro. Después de haberse visto primero en intención de voto, fue duro asumir que seguiría en la oposición. Pero según mantienen en su entorno, el magnífico resultado del 28-A, en el que los liberales se quedaron a 0,8 puntos y a nueve escaños del PP, le hizo reconectar con la política.

En su dimisión Toni Roldán acertó el diagnóstico: Cs se volvió «azul» en su intento de liderar la derecha

Y ese relance personal le llevó a cometer su segundo grave traspié político: autoproclamarse «líder de la oposición» sin serlo, y autoconvencerse, a él y a los suyos, de que el PSOE había acudido a esas elecciones con un pacto ya cerrado con Podemos y los nacionalistas.

Con el PP debilitado por sus casos de corrupción y un Vox en posiciones «demasiado extremas», estaban convencidos de que a medio plazo Cs podía liderar el bloque del centro-derecha. Otro fallo para algunos críticos en el partido, que esta semana han defendido que nunca debieron posicionarse en «ninguna trinchera». El díscolo Francisco Igea llegó el lunes al Comité Ejecutivo reclamando que Cs vuelva a ser «útil».

Entre medias, los pactos autonómicos, siempre con el PP incluso donde llevaban décadas gobernando y donde el PSOE ganó las elecciones del 26 de mayo —casos de Castilla y León, Región de Murcia y Comunidad de Madrid—, terminaron de posicionarlos a la derecha. El intento de consolidar su férrea oposición al «sanchismo» se tradujo en la resurrección territorial del rival al que querían superar. En el «no es no» a Sánchez, Cs perdió dos de sus esencias, como reconocen muchos en privado: que la gobernabilidad no dependa de los nacionalistas y dar estabilidad arrinconando a los populismos.

Quizá fue Toni Roldán quien mejor diagnóstico hizo de la deriva de Cs, cuando dijo aquello de que se habían convertido «en azules». Rivera se fue sin autocrítica, tampoco la hizo cuando se abrió a pactar con el PSOE tras el 10-N y dijo que allí no había cambiado su partido, sino «la sociedad», pero son varios los dirigentes que exigen un inequívoco regreso al centro; a lo que fue Cs en 2015 y en 2016.

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