Un verano sin volver a casa para muchos españoles en el extranjero

Jaime (4 años) no pierde la esperanza de subir al avión y visitar a sus abuelos en La Coruña y Cádiz, como hace cada verano. «Mañana a lo mejor ya se ha ido el coronavirus», le plantea esperanzado a su padre, Chiqui Esteban, mientras pinta con sus hermanos, de siete y nueve años, una enorme caja de cartón como si fuera paquete de envío. Después se mete dentro, cierra la caja y anuncia: «Ahora ya podéis mandarme a España».

«El viaje anual a nuestra tierra siempre nos viene muy bien porque vemos a nuestra familia y los niños aprovechan para hablar español», explica al teléfono Chiqui, que es español, llegó a Estados Unidos en 2016 y ahora trabaja como director de Gráficos en The Washington Post. Por detrás se escucha a Álvaro, el mayor, pidiendo a su padre que mencione lo mal que lo está llevando también él por no ver a sus abuelos, en un tono entre la broma y la convicción. Chiqui se ríe al escuchar a su hijo y asegura que «ellos han entendido bastante bien la situación, dentro de lo que cabe».

La familia tenía pensado volar a mediados de julio y pasar las vacaciones en España hasta mediados de agosto pero, cuando en abril vieron que la situación se complicaba y terminaba el plazo para una posible cancelación de los billetes, decidieron posponerlo, tal y como comentaba el propio Chiqui Esteban en su cuenta de Twitter: «Hemos cancelado nuestro viaje anual de verano a España. Suponemos que en estas condiciones nadie de allí vendrá a vernos. El drama enorme es que acabamos de abrir el último bote de Cola-Cao que nos quedaba», se leía en aquel mensaje. «Tanto mi mujer como mis padres son grupos de riesgo, así que decidimos no arriesgar porque son vuelos muy largos y es demasiada exposición», explica más en serio.

La crisis sanitaria provocada por el coronavirus ha trastocado por completo el verano de muchos de los 2.618.592 españoles que, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), viven fuera de nuestras fronteras en 2020. Antes de la pandemia, la época estival significaba para ellos mucho más que un descanso: era volver a las raíces, abrazar a los suyos, retornar a donde empezaron. Sin embargo, el miedo a contagiarse, la incertidumbre económica y las dudas sobre las medidas en las fronteras están llevando a muchos españoles residentes en el extranjero a posponer el verano en su tierra.

Una prueba de las incertidumbres que rodean a los viajes actualmente es que el Ejecutivo de Pedro Sánchez cambiase este 14 de junio la fecha prevista para la apertura de fronteras con los países del espacio Schengen y sin cuarentena, que ha pasado a ser el 21 de junio, a excepción de Portugal. Para el resto de países seguirá siendo el 1 de julio. Sin embargo, para estos últimos casos, España está pendiente de que Bruselas elabore un listado que incluya a países que cumplan tres requisitos: su situación epidemiológica sea análoga o mejor a la de la Unión Europea, que asuman ciertas condiciones sanitarias en origen, trayecto y destino, y que actúen con reciprocidad (es decir, que acepten el ingreso de viajeros procedentes de la Unión Europea).

Además, el Gobierno se encuentra preparando procesos automatizados, como formularios electrónicos y cámaras térmicas, que aplicará a los viajeros que procedan del exterior, lo que implica el riesgo de quedarse aislado en caso de que algo salga mal. Y por si esto fuera poco, algunos vecinos del entorno rural, donde la población se encuentra particularmente envejecida, ya pidieron a sus familiares en la pasada Semana Santa que no viajaran a los pueblos por el miedo al contagio.

Así las cosas, volver a casa genera más incertidumbre que emoción. Rosana Rovira (30) trabaja como profesora de español en Baton Rouge (Estados Unidos) y ha decidido no viajar con sus tres hijas este verano por el riesgo económico que entraña la ‘nueva normalidad’. «Cada viaje con mis niñas a mi tierra, Tarragona, me cuesta 10.000 euros», calcula. En ocasiones anteriores, su madre le ha ayudado a cubrir esta cifra y ahora no quiere arriesgarse a perderla «por estar aislada o porque luego no me dejen entrar en Estados Unidos». Eso sí: «Las niñas se han puesto bastante tristes porque hemos estado dos años sin ir y a ellas les encanta pasar tiempo con mi madre, comer paella y bañarse en la playa».

De los cerca de dos millones y medio de españoles que residen en el extranjero, más de la mitad (63%) lo hacen fuera de Europa. Uno de ellos es Francisco Abolafio (40), quien tuvo que pasar la pandemia en Brasil, especialmente lejos de sus seres queridos. En 2014, nada más mudarse a Sao Paulo, perdió a su bisabuela y no pudo despedirse. «Después de eso tienes mucho más miedo de que a alguien le pase algo y no puedas estar», confiesa este delineante malagueño al que las aerolíneas ya le han estado cancelando su vuelo desde finales de abril. «Hay días que sueño que estoy allí con mi familia y mis amigos, comiendo paella… y luego me despierto».

Volver a casa, una necesidad emocional

El retorno siempre ha sido un ingrediente fundamental en el bienestar emocional de los emigrados. Tal y como explica Natacha Lillo, profesora en la Universidad de París, en el análisis Un siglo de la inmigración española en Francia, la generación que emigró a Francia en el siglo XX «ya ahorraba para comprar un coche y poder hacer viajes anuales al pueblo». Primero viajaban las madres con sus hijos a principios de julio en tren y luego se reunían los padres con ellos en agosto yendo en coche. El objetivo: «no perder el contacto con la familia».

Natalia Flores (24), natural de Mallorca, vive en Homburgo, en el suroeste de Alemania, y ha decidido no viajar a su tierra en junio por miedo a que sus dos pequeños se contagien. Su hija, que nació en enero en Alemania, pasó varias semanas intubada en el hospital debido a un virus respiratorio. «Mi hijo también pilló una bronquitis al mismo tiempo y fuimos mi marido y yo en cadena» explica. Les queda la duda de si sus problemas respiratorios tuvieron alguna relación con el coronavirus, aunque no han podido saberlo a ciencia cierta.

«A mi madre le duele porque la vio recién nacida y ya no ha vuelto a verla. Toda la familia quiere conocer a la niña y me da pena que se pierdan estos momentos, pero después de pasar por esa experiencia en el hospital no queremos arriesgar más», asegura Natalia. «Incluso un empleado de la Embajada nos desaconsejó viajar este verano cuando le comentamos que queríamos hacerle el pasaporte a la niña para comprar los billetes a Mallorca».

Celia Arroyo, psicóloga experta en duelo migratorio, describe la vuelta al lugar de origen como «un balón de oxígeno» para los emigrados. Sin embargo, ese balón de oxígeno ahora ha explotado. «No es lo mismo vivir el coronavirus en España que fuera. Hasta ahora estar fuera de España era una situación reversible en cualquier momento», explica la experta. «Sin embargo, en cierta medida ahora pueden tener la sensación de estar atrapados, lo que ha hecho que aumente la distancia psicológica con la familia».

Las personas que emigran a un país sin conocer el idioma o sin tener acceso al sistema sanitario experimentan tradicionalmente una sensación de temor por la salud, según nos cuenta Arroyo. Esta emoción, que se conoce como «duelo por riesgos físicos», se ha extendido durante la crisis sanitaria a cualquier persona en el extranjero, independientemente de su conocimiento del idioma o de su acceso al sistema sanitario. «La pandemia ha demostrado que hay una parte emocional ante la idea de enfermar fuera de casa que es intrínseca a cualquier persona que haya dejado su país de origen», afirma. «Además, también hemos detectado otro denominador común en gran parte de los emigrados: llegan a sentir culpa por si enferman y contagian a algún familiar en su visita estival», señala Arroyo.

El proceso de la pandemia ha estado marcado por un cóctel de emociones negativas. Este nuevo temor de acabar contagiando a seres queridos se ha sumado a otros sentimientos ya presentes en estos meses. Algunos emigrados, por ejemplo, han comentado en las sesiones de Arroyo que tienen miedo a discutir con familiares o amigos al expresar su opinión sobre la situación sanitaria en España «por la crispación social que ha producido la crisis del coronavirus».

También ha crecido en ellos la sensación de ambivalencia respecto a su identidad española, como explica la experta, por haberse visto expuestos a ciertos comentarios en su país de acogida. «Han escuchado preguntas como ‘¿Qué pasa, que en España no os laváis las manos?’ o ‘¿Después de esto no seguirás pensando en operarte en España?'», relata Arroyo. «En una situación de tantísimo sufrimiento lejos de los tuyos en la que se da a entender que nuestro sistema sanitario es tercermundista, cuando además los españoles saben que no es cierto, se genera mucha impotencia y eso afecta a la autoestima».

Virginia Manzanares (39), quien ha vivido la pandemia desde Israel, donde lleva media década instalada, tampoco irá a España. Su madre tenía pensado visitarla en mayo y ella iba a viajar a Toledo y Santander en agosto pero, después de dos vuelos a Estambul y a Praga cancelados, Virginia ha decidido cortar por lo sano. «Además, en Israel de momento hay cuarentena obligatoria de 15 días para cualquier persona que llegue, y todavía no sabemos a qué países se abrirán fronteras», añade. «A mí me duele muchísimo porque me encanta pasar tiempo con mi madre, mi abuela y mis primas, pero es que no me queda otro remedio».

Lee más: elpais.com


Comparte con sus amigos!