Un impulso constitucional para el cambio de época

Hoy, como hace cuarenta a√Īos, vivimos un cambio de √©poca. El mundo se ha transformado velozmente en la √ļltima d√©cada y, al igual que sucedi√≥ durante la Transici√≥n, nuestro pa√≠s se pone a prueba. La Constituci√≥n de 1978 fue entonces la respuesta. Su hoja de servicios es, desde cualquier punto de vista, un √©xito sin precedentes en nuestra historia. Uno de los pocos proyectos realmente compartidos de nuestros √ļltimos siglos. Esa, la de recuperar la convivencia, el di√°logo y el acuerdo entre espa√Īoles, es su gran contribuci√≥n, de la que nacen todas las dem√°s.

Al igual que hace cuarenta a√Īos, estamos hoy ante retos relacionados con Europa, el bienestar social o la estabilidad territorial. Pero tambi√©n afrontamos otros nuevos, como el cambio clim√°tico, la preparaci√≥n de nuestra sociedad para la revoluci√≥n digital, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres o el nuevo equilibrio global tras una crisis que dej√≥ muy da√Īada la confianza ciudadana en sus representantes.

En el Gobierno creemos que este cambio de √©poca requiere que privilegiemos la mirada sobre cinco grandes asuntos que engloban todos estos retos: la educaci√≥n, el mercado de trabajo, la financiaci√≥n del Estado del bienestar, la transici√≥n ecol√≥gica y una reforma constitucional que ampl√≠e derechos y cohesione Espa√Īa. La Constituci√≥n fue entonces la respuesta, y una reforma de nuestra Carta Magna que ampl√≠e su per√≠metro y cohesione social y territorialmente al pa√≠s debe serlo ahora. Porque, como dijo Ortega y Gasset, ¬ęregimos nuestra vida no por lo que fuimos en el pasado, sino en base a lo que queremos lograr y c√≥mo queremos llegar a ser¬Ľ.

Es importante volver a conectar a los ciudadanos y las ciudadanas con sus instituciones. No será posible enfrentar los desafíos colectivos sin una relación de confianza, amparada además en una Constitución que está plenamente vigente y debe reforzarse a través de una reforma bajo el espíritu del 78. Entonces se pudo, en circunstancias incluso más difíciles que las actuales, y debe ser posible hoy.

Los espa√Īoles y las espa√Īolas as√≠ lo piden. El bar√≥metro del CIS del pasado septiembre indicaba que casi un 70% de los ciudadanos cre√≠a que era necesaria una reforma de nuestra Constituci√≥n. No porque los espa√Īoles descrean de ella, sino por todo lo contrario: para impulsarla y que nos proporcione otra etapa de progreso como la que nos ha dado en estas √ļltimas cuatro d√©cadas. La sociedad espa√Īola, como ocurri√≥ entonces, va por delante de sus representantes. Y, al igual que ocurri√≥ en 1978, las fuerzas pol√≠ticas deben ser capaces de estar a su altura.

El progreso conseguido bajo el amparo de nuestra Constituci√≥n ha sido enorme. Parte esencial de su √©xito reside en ser, como he mencionado, un proyecto compartido, a diferencia de la tradici√≥n secular espa√Īola de constituciones de parte. Pero tambi√©n se debe a que en su coraz√≥n late una verdad sobre Espa√Īa que conviene reforzar y asumir entre todos: que en la complejidad de nuestro pa√≠s reside su riqueza.

Desde que la Constituci√≥n nos consagrara como monarqu√≠a parlamentaria, Espa√Īa ha multiplicado su riqueza, ha vuelto al coraz√≥n pol√≠tico de Europa y ha creado un digno Estado de bienestar que es necesario proteger constitucionalmente. Somos una de las democracias m√°s valoradas por su calidad en todas las mediciones internacionales, y gracias a esta Carta Magna recuperamos el orgullo de ser espa√Īoles.

Reformar la Constitución es reforzarla. Es apostar por el camino que iniciamos en 1978 y con las mismas herramientas: diálogo, acuerdo, cohesión y progreso. Un nuevo impulso para un proyecto compartido que nos permita afrontar un cambio de época que nos llama a ser ambiciosos.

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