un fan devoto nos explica el fenómeno Springsteen

Alfonso Martinez Arce

Para cualquier fan de un artista consagrado, resulta muy complejo no caer en los tópicos a la hora de explicar los motivos de su devoción inquebrantable. Springsteen ha conseguido forjar parte de su leyenda a través de sus seguidores, pero más concretamente en su relación con ellos a lo largo de sus directos. Me gustaría explicarlo, pero por más vueltas que le he dado a lo largo de mis años siguiendo a Bruce por todo el mundo, es imposible. Hay que sentirlo, hay que vivirlo.

En varias ocasiones me he encontrado regalando a un buen amigo una entrada para un concierto del Jefe. Incluyo en la lista a escépticos del fenómeno de los conciertos de masas o del género rock. Yo solo podía afirmar «estás invitado, ven a verlo y compruébalo con tus propios ojos». Aunque no todos se han convertido en fieles seguidores, sí que he advertido una respuesta unánime: «Ahora lo entiendo». Así de simple, así de demoledor. Porque lejos del formato videoclip que abunda hasta el aburrimiento en muchas giras de hoy en día en las que todo es perfectamente predecible, un concierto del artista de New Jersey se convierte en una experiencia única, con una intrahistoria propia que lo hace diferente al del día anterior, en la misma ciudad, en el mismo recinto… pero con unos picos de emotividad y unas conexiones con la audiencia que no se repetirán otra vez. Como ese solo improvisado de un concierto de jazz que si no queda grabado se convertirá en una joya del recuerdo de los asistentes.

El milagro se produce cuando sientes que Bruce te mira a ti. Directamente. Estás en un estadio acompañado de otras ochenta mil almas, pero es a ti a quien busca con la mirada. Es a ti al que señala con el dedo para que cantes más alto y es por ti por quien ha elegido esa canción que llevas mucho tiempo esperando escuchar y, por fin, llega. Los neófitos no paran de preguntarme, o más bien afirmar, que no entienden qué hay de divertido en repetir un concierto varias veces. Pero volvería una y otra vez. Noche tras noche. Siempre me digo que uno de mis sueños sería haberle seguido en una gira completa y al decir completa me refiero a todos y cada uno de los conciertos. Allí donde esté. Con calor o con frio. Da igual.

De cada uno de las decenas de conciertos de Bruce Springsteen a los que he tenido el placer de asistir, puedo recordar perfectamente una emoción personal, una anécdota, algo que lo hacía único. Bruce conoce de sobra que una parte muy importante de su audiencia repite. Nunca sabremos si por ese motivo o por ganas personales de recorrer su extensa obra, los set list de los conciertos sufren constantes variaciones. Hay clichés y gracias facilonas que repite una y otra vez a sabiendas de que hay un gran público que las agradece. Desde hace varios años los fans saben que tienen que tararear «Waiting on a sunny day» de manera machacona y que un niño subirá a cantarla con él. Un no tan niño repetirá en «Dancing in the dark» y «Born to run», sí o sí, se toca con todas las luces encendidas. El guion está claro, pero en medio de todo ese jaleo, llega un «growing up» que no estaba previsto, aparece un niño que no hace lo que se espera y Bruce pide la armónica cuando ya parecía que la cosa acababa.

Y que nadie se engañe. También tiene días malos. Y conciertos que se les nota que van en modo piloto automático. Quizás ahí te preguntas si esa ocasión te la podías haber ahorrado. Pero entonces te mira. Igual te mira a través de la pantalla de video a cien metros de distancia, pero te mira y te mira a ti. Y entonces te dices: «Joder, ahora lo entiendo».

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Nos vemos en el siguiente Bruce.

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