Un duelo por hacer

Pienso mucho en cómo narraremos estos días de los que venimos. Qué palabras encontraremos, cuáles elegiremos, de qué manera las usaremos; qué narrativas darán cobijo a lo que todavía hoy, aquí delante de la pantalla del ordenador, hace que siga siendo imposible encontrar las palabras justas o adecuadas para la multitud que no deja de murmullar aquí dentro. Escribo y por el cuaderno merodean hormigas, estos días he puesto la mesa de trabajo justo delante de la huerta. Aquí, mi única compañía trabajando son las patatas y las calabazas, también alguna mirla que cruza demasiado cerca, con un insecto en la boca llamando a las crías que se esconden en los arriates debajo de los setos, indecisas todavía para volar y dependiendo de los padres que siguen cuidándolos como si siguieran en el nido. En los surcos, las hortalizas, ajenas a todo, van creciendo sin prisa, en silencio, removiendo la tierra de forma suave, acomodándose al sol y a la niebla, dejándose hacer una y otra vez por el aire y la luz. Fantaseo con la idea de que esta presencia forastera influye en su desarrollo y crecimiento, y a ratos me sorprendo tarareando alguna nana o hablando conmigo misma en voz alta.

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