un dilema ético sobre los fines de la ciencia

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Título: Copenhague. Autor: Michael Frayn. Dirección y adaptación: Claudio Tolcachir. Intérpretes: Emilio Gutiérrez Caba, Malena Gutiérrez y Carlos Hipólito. Escenografía y vestuario: Elisa Sanz. Iluminación: Juan Gómez Cornejo y Ion Aníbal López. Producción: Producciones Teatrales Contemporáneas. Escenario: Teatro de Rojas.

El teatro de la palabra, el teatro del concepto, el diálogo que va más allá de la realidad de una conversación, la actitud ante la vida y ante los otros, el sentimiento de pertenencia a un colectivo (el judío), el servicio a la patria, el valor de la ciencia en el progreso y en los horrores humanos, la física como materia sobre la que se articula el diálogo y, en último término, algo que podríamos llamar la «ética cuántica» todo en el conjunto de Copenhague, la obra del dramaturgo británico contemporáneo Michael Frayn, supone un verdadero desafío, excitante para los actores y también para los espectadores.

Copenhague, a pesar de su complejidad, es una de las piezas más premiadas y representadas de los últimos años. En ella se narra el encuentro que tuvo lugar en 1941 en la capital de Dinamarca, ocupada por las tropas nazis, entre el gran científico danés Niels Bohr y su exalumno Werner Heisenberg, representante de los estamentos nazis y enemigos, por la situación de sus respectivos países durante la Segunda Guerra Mundial. Maestro y discípulo, aquí interpretados por Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito, se enfrentan al problema ético del uso de los avances en física teórica para el desarrollo de armamento nuclear en el conflicto armado. Heisenberg trabajaba en Alemania, en el contexto de la segunda Guerra Mundial, en un proyecto para explorar las posibilidades de la fisión del uranio, entre ellas su utilización para la fabricación de bombas de un poder nunca antes alcanzado. Bohr tenía su propia teoría sobre cómo lograr la fisión con poca cantidad de mineral. ¿Hablaron del asunto? No se sabe. ¿Retardó Heisenberg  el proyecto nuclear germano, para que Hitler no dispusiera de una bomba atómica? Eso es lo que el físico alemán defendió tras la guerra. Pero no solo eso. También está el asunto de los egos y la competitividad de los científicos punteros, las relaciones interpersonales, la amistad o el buscarse «salvar el pellejo» en circunstancias adversas. Todo son conjeturas sobre aquel misterioso encuentro, que algunos han querido ver como decisivo para que la balanza de la guerra se inclinase a favor de los aliados, impidiendo la creación de la bomba atómica por parte de los alemanes. Por razones que no están establecidas históricamente, estos dos gigantes de la ciencia mundial rompieron relaciones para siempre después de este encuentro. Pero no solo se hace referencia a este, sino a otro mucho anterior. Y la obra se plantea en un hipotético plano irreal en el que se mira el pasado tras haber pasado el umbral de la muerte. Frayn dramatiza todas las posibilidades y da todo tipo de argumentos y, pienso, que deja en buen lugar a Heisenberg, pues queda en el aire la duda y, por ley natural, toda persona es inocente mientras no se demuestre lo contario.

La presencia en la trama de Margrethe, la mujer de Niels Bohr, humaniza las relaciones, a la vez que dinamiza el desarrollo de la obra para empatizar con el público, y apacigua la altura de las conversaciones académicas sobre conceptos físicos que parten de la teoría de la relatividad, la complementariedad y el principio de incertidumbre. La interpretación de este personaje por Malena Gutiérrez con un carácter jovial hace que las disquisiciones no duerman a los espectadores poco avisados o poco duchos en conceptos físicos complejos o desconozcan la historia real de los científicos; ella nos regresa al mundo de la realidad, de lo cotidiano.

El texto es un conjunto de dilemas que quedan en el aire, sobre los que el espectador, puesto que no tiene la certeza, tiene que llegar a las conclusiones a partir de la reflexión. Teatralizar una realidad tan poco teatral es en verdad un arte del que hace gala con mucho mérito y con una trama muy bien tejida Michael Frayn.

El director, Claudio Tolcachir, ha planteado este viaje de ida y vuelta en el tiempo y en el espacio, en las realidades y las conjeturas, en las acciones y en la ética, en el contexto de un ambiente otoñal, con una escenografía realista, estática y gris, y una iluminación equilibrada, muy acordes para no interrumpir ni distraer el complejo proceso argumental. Plantea la obra como una especie de “thriller científico y ético” que va desarrollándose como se devana un ovillo: tirando y tirando del hilo, aunque el ovillo nunca deja ver el final. Un trabajo minucioso el suyo, sin duda facilitado por la presencia de tres actores con muchas tablas.

La labor actoral, basada en una profundización a conciencia sobre lo vocal, sin olvidar lo corporal, aunque es una obra más de retrato que de gestos, es encomiable. Un texto, que es un torrente sin descanso, necesita, para hacer natural y verosímil la ficción que se representa, un trabajo interiorizado de una magnitud considerable. Emilio Gutiérrez Caba y Carlos Hipólito bordan unos personajes que se baten con una esgrima dialéctica perfecta. Entre ellos siempre el nexo de Malena Gutiérrez, que mantiene el nivel interpretativo de sus compañeros y además es el referente amable en ese contexto.

Texto, dirección, interpretación conforman un espectáculo teatral de mucha calidad. El espectador más que ver, necesita integrarse y pensar en lo que sucede en el escenario, pues las afirmaciones en el fondo son preguntas para que cada uno se las responda en su mente.

Obras como Copenhague son de pura necesidad para el teatro y para la sociedad. El largo aplauso del público, que llenaba, hasta agotar las entradas, el Teatro de Rojas y que quedó anonadado en sus asientos tras lo visto en el escenario, fue un verdadero premio al trabajo bien hecho.

Antonio Illán Illán

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