Un acto íntimo

Pasada la extraña mezcla de incertidumbre y ansiedad que enmarcó el reencuentro con el restaurante, la vuelta a la actividad está sirviendo para poner los pies en el suelo mientras se tantean los límites del nuevo terreno de juego. Es el restaurante de antes, ocupa el mismo espacio, las caras también se repiten o al menos se intuyen y por lo general calca la carta que le conocimos en la despedida. Eso fue avanzado el verano y volvemos en pleno invierno, pero de este lado del mundo las cocinas, incluidas las pintonas, avanzan inmunes a los cambios de temporada y las cartas pueden durar el año entero, cuando no se alargan varios años con los mismos platos. Todo es igual que antes y sin embargo nada se parece. Tengo la sensación de haber saltado a un universo paralelo, en el que las reglas dieron un giro de ciento ochenta grados para configurar una experiencia diferente. Lo que hasta anteayer se manejaba en las distancias cortas, el requiebro, la complicidad y hasta el compadreo, abre hoy la puerta a la distancia y la frialdad; así no eran mis restaurantes, me los han cambiado.

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