Umbrío por la pena

Todo óbito temprano, por su condición contra natura, siempre resulta inexplicable. Pero los caminos del Señor son insondables. No los conocemos

Una de las principales causas de la deriva de nuestro mundo es la creciente fragilidad humana para afrontar el dolor y la adversidad. La globalización y las nuevas tecnologías nos hacen creer, en una vana ilusión, que somos amos del universo, señores de nuestras vidas, cuando no es así. Si añadimos la pérdida de valores, la ocultación del sufrimiento y el olvido de Dios nos encontramos con una tormenta perfecta que impide asumir, en buena medida, el final de la trayectoria terrena. Para colmo, perdemos mucho tiempo en fruslerías y chorradas que bien poco importan.

La vida es muy injusta. La muerte, entre sus resabios, traicionera. Hace una semana llegó a mi casa, poco antes del ocaso, para llevarse de repente a mi mujer. Sin previo aviso. Segó la existencia en plenitud de una madre a las que sus dos hijos pequeños necesitan, de una esposa que deja tras de sí doce años y medio de amor, de honda complicidad, de una química como pareja capaz de superar todos los problemas. Ando desde entonces «umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla», como escribiera Miguel Hernández, pero con el compromiso moral de no venirme abajo en la dura etapa que empieza. Por ella y por los niños.

Todo óbito temprano, por su condición contra natura, siempre resulta inexplicable. Pero los caminos del Señor son insondables. No los conocemos. Desde la serenidad de la fe, con la fortaleza del alma herida y gracias a su luz que me guía, me he convertido en viudo joven, ese perfil invisible sin lobby que lo difunda, centrado en hacer de padre y madre forzado por el destino trágico. Por empeño no va a quedar. Las palabras no describen el vacío del duelo, como tampoco pueden expresar la gratitud ante el afecto recibido estos días. Conmovedor y lógico, Carolina, porque sembraste amor, bondad y simpatía.

Ignacio Miranda

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