Trump, Quijote y la extraña racionalidad del Estados Unidos blanco

El pasmo que se ha adueñado de nuestros ánimos desde el miércoles es quizá incluso mayor que el que produjeron las elecciones de 2016. Bajo el cuestionamiento de los sondeos, que deberían habernos avisado, habernos preparado para lo impensable, habernos ofrecido un aperitivo que hubiera restado brutalidad a la noticia, se oculta nuestra incapacidad de responder a esta pregunta: ¿Cómo se puede seguir apoyando al presidente saliente, envuelto en un aura de oprobio y lastrado por un país al borde de la agonía? ¿Qué virus letal puede haber contagiado a casi uno de cada dos electores estadounidenses para que hayan dado su voto a este presidente, cuyas ofensas contra el decoro, la ley, la decencia, la ética y el civismo son incontables? ¿Cómo se puede elegir el oscurantismo y la impostura cuando se es la quintaesencia de la democracia? Seguramente hay que interpretar que el apoyo a Trump, lejos de ser meramente visceral, es una decisión racional, una opción contra la modernidad y dispuesta a sacrificar la democracia en aras de la protección.

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