Tienes que verlo – Stephen King

Doctor, me gusta el terror…

¿soy un psicópata?

Desde que mi hija aprendió a caminar tenemos un ritual que repetimos a diario al salir de la guardería. Ella se esconde en (todos) los portales que encontramos por el camino mientras pregunto en voz alta “¿Dónde está Llucia?” y cuando me acerco a mirar… “¡Aquí está!”, grita divertida a la vez que aparece de un brinco y yo finjo llevarme un buen sobresalto. Lo divertido del asunto es que, cuando lo hacemos al revés, el susto que se lleva es genuino. Y después, se ríe.

Existe algo atávico en el gozo de pasar miedo. Algo que tenemos programado en nuestro cerebro desde nuestra más tierna infancia y que está ligado al juego. A la simulación. Cuando firmamos ese pacto entre participantes, sea leyendo una novela, viendo una película o en mi juego con Llucia, estamos aceptando que durante un rato vamos a pretender que todo lo que sucede es verdad. Que estamos en un lugar seguro. Sin embargo, los participantes tenemos la completa certeza de que al finalizar la actividad todo volverá a su cauce normal y, como sucede con las visitas a Las Vegas, lo que pasó en la ficción se queda en la ficción. Visto desde la neuroquímica del cerebro, este tipo de actividades disparan nuestros niveles de dopamina, adrenalina y endorfinas como sucedería ante una amenaza real, lo que a nivel corporal causa una intensa experiencia placentera pero a la vez nos permite ser conscientes de que lo que está pasando allí no es real.

La obra de Stephen King está poblada de relatos aterradores que funcionan como excelentes catalizadores de esta idea del juego. El resplandor, Eso (It) o Cementerio de animales nos sumergen en historias que ponen continuamente a prueba la tensión de nuestros esfínteres. Aunque lo mismo podría decirse de tantas y tantos autores. ¿Qué tiene de especial la narrativa del autor de Portland para que críticos y redactores culturales hagan continuamente ese manido juego de palabras a la hora de coronarlo como rey del terror? Si tuviera que apostar, diría que su gran habilidad para construir una fantasía altamente accesible y llena de Verdad (así, en mayúscula).

Apenas tenemos que leer unas pocas páginas de cualquiera de sus obras para lograr identificarnos con unos personajes que resonarán con nuestros propios recuerdos o nuestra manera de pensar. Porque el escritor conoce muy bien nuestros miedos y los sabe plasmar en sus páginas a través de un estilo claro y, como decíamos, accesible para todos. Que sus protagonistas sean, además, seres normales y corrientes facilita en gran medida que nos veamos representados en sus inquietudes y conflictos internos. Empatizamos con ellos, o desaprobamos sus actos, o sufrimos con sus destinos. Practicamos la teoría de la mente con ellos como lo haríamos con cualquier persona real, tratando de inferir los pensamientos y emociones de unos cerebros que no están, pero que imaginamos. Y, como consecuencia, nos zambullimos de lleno en la historia olvidando por completo su naturaleza artificiosa. Estamos allí, con los personajes, y cuando aparece el elemento fantástico, este se convierte en algo casi tangible porque nuestra inmersión en el relato es completa. Los renglones impresos en la página se han esfumado para dar paso a los hechos que en ellos se describen, y lo que vemos es el mundo que propone el autor y no las palabras que lo construyen.

Como resultado de todos estos procesos cognitivos, nuestra imaginación se torna en pseudopercepción y el cerebro, de alguna forma, ve, escucha y siente todo lo que sucede en el libro. La ficción se convierte, de ese modo, en una suerte de simulación social que vivimos (sí, vivimos) mientras estamos sumergidos en ella. Y las historias de King nos atrapan con especial intensidad. Porque se toma muy en serio nuestra suspensión voluntaria de la incredulidad y la lleva hasta sus últimas consecuencias haciendo de la experiencia lectora algo genuino. Porque aunque se trate de un juego, si este está bien construido propondrá su verdad, la Verdad del relato, y no habrá maldición o espíritu que pueda romperla. Y eso es aterrador. Y nos encanta.

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