Terrorífica cornada a Gonzalo Caballero en Las Ventas

Volvía Gonzalo Caballero a la guerra, otra vez con el terno sangre de toro y oro, otra vez en el sitio donde la arena arde. Y de nuevo en la hora final, en una estocada a matar o morir, el pitón se hundió en el muslo izquierdo. Certera la daga, taladró la pierna en dos trayectorias de 30 y 25 centímetros, seccionando la femoral. Un tabacazo terrorífico. Caballero había brindado ese segundo toro al doctor Máximo García-Padrós, su ángel salvador hace apenas cinco meses cuando cayó herido en San Isidro. Y otra vez tuvo que obrar el milagro. Si aquel percance fue duro, este llevaba el sello de «muy grave», con destrozos en los músculos sartorio y cuádriceps y la contusión de la pala iliaca.

Caballero había firmado una faena verdadera, con sinceridad en cada cite, dispuesto de principio a fin, desde los estatuarios de quietud total. Madrid le aplaudió su cincera colocación y esa entrega sin límites con un toro de Valdefresno noble pero falto de gas, cuya presencia no había agradado. Tras unas ceñidas bernadinas, se perfiló para matar y, en el momento en el que enterraba la espada, el toro hundió con saña el pitón de ese muslo colmado de cicatrices y la femoral partida. «Clavelero», que así se llamaba el toro de la desigual corrida, lo zarandeó con violencia por dos veces, con derrotes muy secos. Se presentía la gravedad: ya en la arena, el propio torero, con gesto de dolor, se taponaba la herida con las manos, empapadas de esa sangre que manaba a borbotones. La sangre de un valiente en el día de la Hispanidad. A la enfermería le llevaron la oreja conquistada. Dos largas horas depués de una delicada operación, fue trasladado al hospital San Francisco de Asís para ser supervisado por especialistas en cirugía vascular.

No fue el único momento dramático de una tarde con muchísimo ambiente en los tendidos. Solo un manto divino pudo librar a Jesús Enrique Colombo de una cornada en las banderillas al quinto. «Gañanito» lo prendió de horrible manera y pasó por encima como una apisonadora. Al querer incorporarse, se desmoronó. La paliza había sido de aúpa. Visiblemente conmocionado, sin chaquetilla y cojeando ostensiblemente, el venezolando regresó a la cara del valdefresno en busca de la oreja necesaria para cruzar la Puerta Grande (había cortado una al buen tercero). La pidió la gente por sus agallas y disposición, pero todo quedó en una vuelta al ruedo.

Por el percance de Caballero, Eugenio de Mora dio cuenta de tres toros, pero ni tuvo lote ni su mejor tarde.

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