¿Somos más listos que un albaricoquero?

La vida es un proceso cognitivo. No es posible imaginar la vida sin cognición, pues ¿cómo pensar que un ser vivo no es capaz de resolver problemas? ¿Que no es capaz de ser “inteligente”, por decirlo en una sola palabra? Para sobrevivir, el organismo más simple debe ser capaz de resolver problemas en cualquier momento de su existencia. Contrariamente a esta consideración evidente, el hombre siempre ha pensado que él es el único ser inteligente, o uno de los pocos. Sin duda, el más inteligente y con poco o nada en común con el resto de los seres vivos. Para corroborar esta representación, fuera de la naturaleza y por encima de ella, imaginamos que nuestras características son únicas. La fuente principal de nuestra supuesta superioridad se encuentra, obviamente, en nuestro gran cerebro y en su gran capacidad lógica, que nos permite hacer cosas que otros seres vivos no pueden hacer: escribimos, pintamos, elaboramos teorías, componemos sinfonías. ¿Pero realmente nos diferencia esta habilidad de otros seres vivos? Y, sobre todo, ¿nos coloca en una condición de superioridad respecto a otros seres vivos?

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