Sin la mochila: cómo se recuperó la selección argentina para enfocarse ahora en Venezuela

Tras la victoria ante Qatar por 2-0, el clima cambió en la concentración argentina; la mente ya le apunta al partido del viernes con Venezuela Fuente: LA NACION

La Argentina vivió una situación idéntica un año atrás, cuando la victoria frente a Nigeria le dio la clasificación a los octavos de final y actuó como una válvula de escape para un grupo de jugadores contrariado por la presión

RÍO DE JANEIRO.- Es lunes y el cuerpo lo sabe. Trota la selección al sol del mediodía de Porto Alegre con los músculos libres de ataduras: no hay cadenas que aprisionen los gemelos, hay pisadas firmes y caras alegres. Hay cuarenta hinchas jugando con los límites, parados al borde de la avenida Edvaldo Pereira Paiva para espiar lo que pasa adentro del Parque Gigante, el complejo de entrenamiento de Internacional. Y lo que pasa se parece bastante a la relajación. Los arqueros se divierten en un fútbol-tenis, Francisco González -un sparring, de Newell’s- luce su zurda picante con golazos que Nicolás Otamendi admira sentado, Paulo Dybala tira una pared con Ángel Di María en un partido de arcos grandes y espacios reducidos, los titulares transitan el día después en un gimnasio contiguo…

Scaloni y Dybala en el entrenamiento que realiza la selección, a puertas abiertas en Porto Alegre Fuente: LA NACION – Crédito: Fabián Marelli

Fue necesario que pasaran dos semanas de vida de la Copa América para que las miradas se aflojaran. “¡Diez segundos, diez segundos!”, grita Luis Martín, el preparador físico, mientras en la ronda la pelota pasa de pie en pie, sin que Milton Casco pueda tocarla. Las risas y las burlas sobresalen mientras el calor aprieta, con Lionel Scaloni y su cuerpo técnico observando la escena. Es el tiempo de la relajación, impensada un día antes, cuando la angustia por la posible vuelta anticipada a casa no permitía un gesto de remanso. “Nos sacamos la mochila, van a ver que ahora empieza otra Copa”, se convence un integrante de la delegación, mientras los aspersores de agua dibujan el arco iris.

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Esa frase resume un giro volcánico. Hubo un momento de euforia en el vestuario del Arena do Gremio el domingo, con música alta seleccionada por los utileros y amplificada por los parlantes de Roberto Pereyra. Hubo abrazos y gritos de desahogo. Hubo una cena con la mesa ampliada en el hotel para que los familiares de los jugadores pudieran sumarse. Señales que el cuerpo da, aunque el juego de la selección invite más a la precaución que a un optimismo desmedido. Pero se advierte que era grande la carga que había transportado la selección en sus valijas de norte a sur de Brasil.

Casi como aquella vez

La comparación cae por su propio peso. Con un plantel mayoritariamente diferente, la selección había transcurrido por una situación idéntica un año atrás, en el Mundial. El Porto Alegre de ahora es el San Petersburgo de entonces, cuando el sufrido triunfo ante Nigeria permitió la clasificación y desató los cordones de la presión. Al día siguiente, ya en Bronnitsy -donde residía- Argentina vivía su primer día de paz en Rusia, después de la crisis interna desatada tras la goleada recibida de Croacia, el punto límite de un proceso demasiado enrevesado. De aquella catarsis que desató haber pasado a los octavos de final vendría otra historia, la de la derrota ante Francia y el adiós. Esa es la parte que ahora no quieren repetir.

Lionel Scaloni en el entrenamiento que realiza la selección, a puertas abiertas en Porto Alegre
Lionel Scaloni en el entrenamiento que realiza la selección, a puertas abiertas en Porto Alegre Fuente: LA NACION – Crédito: Fabián Marelli

Si 14 jugadores llegaron a Brasil sin haber jugado nunca un torneo internacional con la selección, todos ellos ya conocen en la piel de qué se trata pasar por una situación límite con esta camiseta. Una vivencia marcado con tinta indeleble que los acompañó en el vuelo nocturno a la Cidade Maravilhosa, sede del partido de cuartos de final. “No conozco el Maracaná. Ojalá tenga que ir dos veces”, juega con el calendario Leandro Paredes, y sonríe: el fixture de la Copa señala que en ese templo del fútbol mundial Argentina jugará contra Venezuela y también una hipotética final.

Es cierto que Venezuela no es Francia: a eso se abraza ahora Argentina, en este instante de calma. Pero sí es un rival que la cacheteó apenas tres meses atrás, en Madrid, la noche que volvió Messi. “Va ser otro partido”, argumentan desde adentro del grupo. Una obviedad -nunca un amistoso se parece a un partido definitorio de un torneo oficial- que no puede tapar una verdad. Con otros nombres y un perfil diferente, esta Argentina tiene puntos de contacto con aquella formación de Sampaoli: como su exjefe, Scaloni no encuentra un eje sobre el cual darle sentido al equipo.

Como un círculo

Pero el viernes todavía queda lejos. Al menos en la perspectiva de un grupo que se permitió este lunes de mentes frescas y una competencia entre el chico González -el de la zurdita fina- y Agustín Marchesín, a ver quién le hacía más goles a Franco Herrera, otro sparring. Que tuvo un almuerzo de despedida de Porto Alegre, un nombre que le sentó bien a ese adiós, a la que la selección ya no volverá en la Copa. La hoja de ruta se retoma en una geografía conocida: el bus con el plantel fue anoche del aeropuerto de Galeão a la zona de Barra de Tijuca, este rincón lujoso de Río de Janeiro, el mismo que habitó Argentina en el tramo decisivo del Mundial 2014. El que terminó con una final perdida en el Maracaná.

El fútbol, que también puede ser circular, vuelve a poner a la selección en el lugar de aquellos hechos. Tan cerca, pero tan lejos todavía de esos años dorados.

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