Sálvese quien pueda

Honestamente, este último giro cañí de las vacunas de estraperlo no me lo esperaba. Me daba por satisfecha con la nota de color que el máster de Cifuentes le daba a una semana funesta. Sea como sea, es asombrosa la manera en que los escándalos colean en España. Dos años después de una mentira que de haber sido reconocida por su perpetradora habría pasado ya al olvido, seguimos escuchando sus pobres justificaciones. De hecho, ya podríamos nosotros sacarnos un máster en el caso Cifuentes. Trump convirtió a EE UU en el paraíso de la posverdad, pero yo recuerdo un tiempo en que sus ciudadanos se jactaban de ir con ella, la verdad, por delante. A mis 29 años, estos oídos míos escucharon en la Universidad de Virginia que los estudiantes que iniciaban allí su carrera hacían una promesa de no copiar. Como joven española, lanzada al mundo en la marrullería de los ochenta, no daba crédito, porque quien más quien menos había flirteado con el submundo de la chuleta, de esa divina chuleta, tan primorosa, que acababa por fijar la lección en la memoria de estudiantes tramposos. Pero pasan los años, te abres al mundo, aprendes a valorar la honestidad en los demás, la exiges en ti, y a pesar de la tendencia endémica de nuestro país a la corrupción, comprendes que la verdad produce sosiego y que de la mentira se sale más airosamente rindiéndose a la evidencia y confesando los hechos de una puñetera vez, como hacen los políticos alemanes cuando los pillan en un renuncio. Porque en cualquier país se miente, no es patrimonio español, pero de la picaresca heredamos este sostener la mentira y no enmendarla.

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