Salen a la luz textos dramáticos, hasta ahora desconocidos, de Fernando Fernán Gómez

«Si pudiera hacer lo que me gusta, solo me dedicaría a escribir». Son palabras pronunciadas hace más de treinta años por Fernando Fernán Gómez. «Él se consideraba, sin embargo, actor por encima de todo; un actor que dirigía películas, un actor que escribía… Un actor. Pero, efectivamente, decía que lo que más placer le producía era escribir». Así recuerda Helena de Llanos (1983) a su abuelo, Fernando Fernán Gómez; a él, a buscar su legado y a investigar su archivo personal –«y el de Emma Cohen», matiza– ha dedicado sus últimos tres años. El resultado es un libro, titulado simplemente «Teatro» (Galaxia Gutenberg), que reúne los escritos dramáticos del formidable actor y dramaturgo. El volumen estará en las librerías el próximo miércoles 23 y se presentará dos días más tarde en el Teatro Fernán Gómez de Madrid (no podía ser en otro lugar). Detrás de este proyecto de Helena de Llanos está el impulso de Emma Cohen, la compañera de Fernán Gómez durante casi cuarenta años, y fallecida en julio de 2016. Helena de Llanos no para de citarla. «Ella ya tenía la idea de reunir todo este material y publicarlo». Junto a ella comenzó la tarea de investigación. «Fueron apareciendo materiales, muy abundantes, de diversos géneros –explica Helena de Llanos–; Emma y Fernando, sobre todo, trabajaron muchísimo, eran creadores casi compulsivos». A lo largo del proceso de investigación se fue perfilando este libro dedicado al teatro. «Encontré –sigue la nieta de Fernán Gómez– varios textos en su último ordenador, y al mismo tiempo otros textos impresos. Vimos que podíamos reunir las piezas teatrales ya publicadas, las que se estrenaron pero no se editaron y las que habíamos descubierto. Son muy amplios temáticamente y también temporalmente; abarcan desde 1938 hasta 2007, el año de su fallecimiento. Contacté entonces con Manuel Barrera, autor de “La literatura dramática de Fernando Fernán Gómez”, y que me pareció la persona más adecuada para trabajar en este proyecto». El libro reúne veintiséis textos dramáticos, desde el primero, un texto casi de adolescencia –lo escribió en 1938, con solo 17 años–, hasta el último, un monólogo titulado «Soldado», inédito y desconocido hasta la fecha. «Es una eficacísima reflexión sobre el poder; me parece un gran descubrimiento». El volumen se completa con «Edad Media y modernidad: la experiencia teatral», texto de la conferencia que pronunció en 1984 en la UIMP de Santander; y «Aventura de la palabra en el siglo XX», el discurso que Fernando Fernán Gómez leyó el 30 de enero de 2000 en su ingreso en la Real Academia Española, y que figura como epílogo del libro. Inéditos Hay muchos inéditos en el libro: «El guiñol de Papá Dick» (1938); «Relámpagos» (que incluye los textos «Las grandes batallas navales», «Anuncios», «El lenguaje» y «Amor por metros cuadrados» (de entre finales de los años setenta y principios de los ochenta); «El mundo de Arniches» (2007), y el citado monólogo «Soldado». Otros varios textos fueron estrenados, pero no habían sido editados hasta el momento: «Del rey Ordás y su infamia» (1983), «Ojos de bosque» (1986), «El pícaro» (1992), «Tartufo» (1998), una «versión libre, coyuntural y políticamente correcta» de la obra de Molière; «Variaciones sobre el Quijote» (compuesto por tres textos: «La edad dorada», «Altisidora» y «Don Quijote no está entre nosotras»). Y otros, finalmente, que sí habían pasado por la imprenta con anterioridad: «Pareja para la eternidad» (1948, revista Acanto), «La coartada» (1985), «Las bicicletas son para el verano» (1982), «¿Qué fue de aquella gente?» (1982, revista Tiempo de Historia), «Los domingos, bacanal» (1980), «Lazarillo» (1990), «Los invasores del palacio» (1999), «Defensa de Sancho Panza» (2003), «Morir cuerdo y vivir loco» (2005). Dice Helena de Llanos que Fernando Fernán Gómez era, como escritor, al tiempo metódico y caótico. «Era metódico porque muchos de los trabajos que me he encontrado estaban ya impresos, con el título y en algunos casos incluso la fecha en la portada; a mí me ha facilitado mucho la tarea. Porque hay muchos borradores, pruebas y textos incompletos que no están en el libro; mi criterio ha sido publicar lo que es evidente que él hubiera querido publicar. Era metódico para guardarlos, y ahí yo creo que tenía mucho que ver Emma Cohen, porque eran un equipo; incluso en algunas portadas estaba su letra y alguna pegatina, que denotaba su estilo. Y era desordenado… Yo recuerdo su mesa de trabajo llena de cosas:varios libros abiertos, montañas de papeles –él, aunque usaba en los últimos años, el ordenador, era de papel–, artículos de periódico recortados. Era la mesa de un trabajador de la palabra. Y tenía muchas notitas sueltas: en servilletas, en papelitos. Eso denota un cierto caos, pero yo creo que era un caos dirigido». Diecisiete años Una de las joyas del libro es el texto que escribió con 17 años. «Lo encontré junto con Emma, un día que encendimos el ordenador de Fernando buscando otro texto. Emma siempre tenía en la cabeza la idea de editar estas obras, especialmente “Ojos de bosque”, en la que había trabajado como actriz. Y cuando lo descubrimos fue muy emocionante, porque vimos la fecha, 1938, después de leerlo. Nos quedamos asombradas. Encontré también varias hojas del original manuscrito; no está completo, pero Fernando conservó el texto y lo transcribió al ordenador, lo que significa que le daba valor. Hay una mezcla de existencialismo y fantasía; no nos olvidemos que estaba en plena Guerra Civil». Concluye Helena de Llanos que «todavía queda mucho mundo que descubrir» en el Fernando Fernán Gómez autor, faceta quizás algo oscurecida por la de actor. «Sus memorias, “El tiempo amarillo”, son una barbaridad que trasciende su objetivo; son una novela histórica, el retrato de una época y un ejercicio de honestidad muy valioso. Están también “La Puerta del Sol”, los ensayos… Hay muchos textos suyos que vale la pena leer». No sabe si habrá un segundo volumen, pero sí revela que hay más textos, sin especificar el género. «He conseguido inventariar todo lo que hay, pero un primer inventario no es exhaustivo. Queda una cantidad ingente por investigar; parte del material, además, está escrito a mano –una letra alargada y picuda–, lo que ralentiza más el estudio. Hay muchas cosas que irán saliendo». El guiñol de Papá Dick o el secreto de la poesía Farsa imaginaria en cinco cuadros CUADRO PRIMERO Un mundo en el que aparecen, en gran confusión, figuras del guiñol, de la vida, antifaces, caretas, alegorías de la verdad, de la mentira, búhos, alondras, lunas, etcétera. A los pocos segundos, aparece en el centro de ese mundo PAPÁ DICK, vestido de gala. Al pronunciar la primera frase comienza a disolverse el orbe. La escena tiene lugar en el interior de una casa en medio de un bosque. En el alféizar de una ventana se ha posado COLOMBINA; en un rincón POLICHINELA gruñe y golpea las paredes, y en el centro, rodilla en tierra, ARLEQUÍN, presto siempre a recitar sus versos. PAPÁ DICK. (Saludando a las dos mil estrellas.) Yo soy Papá Dick y éste es mi guiñol, que deseo os parezca divertido y a la vez familiar. Tengo más muñecos, pero, por hoy, descansan en el fondo del cajón roído por ratones. Aquí tengo a Polichinela, al gruñón Polichinela. Dicen que antiguamente fue ladrón y parece conservar alguna de sus mañas. Habla mucho y muy fuerte, pero en eso no hay peligro, pues siempre calla, pronto o tarde. Tampoco he querido dejar a Colombina fuera del espectáculo. ¡Cómo podría hacer mi función sin mujer! Y no es que me agrade que mis farsas giren siempre sobre ese tema eterno, no. Es que deseo regalar vuestra vista con la armonía que Dios quiso poner en la hembra humana y vuestro oído con el fluir de la fuente argentina que es la voz de la mujer. Gran trabajo es coordinar los sentimientos de estas almas aisladas en su propio conflicto –a semejanza de vosotros, seres del mundo– para formar un todo armónico, ya sea de amor, ya de discordia, pues aun hay armonía en que reine en todo un gran desbarajuste. Olvidaba que también Arlequín tiene lugar en la farsa, ¡pobre alma, siempre errante en alas de las musas, siempre huyendo del cuerpo que debe cobijarla! Hoy canta a la luna, mañana al viento, pasado a un santo apóstol y el otro al capitán que más hombres mate. Es voluble como artista, pues siendo igual de locos el artista y el enamorado, se diferencian en que el último está loco por algo y el primero no sabe por qué. Y, dentro de unos instantes, cuando el rumor de las madreselvas… ARLEQUÍN. ¡Bueno, padre! ¿Quieres callarte de una vez? POLICHINELA. Sí, es lo mejor que podías hacer. Me cansa tanto golpear. Estoy deseando sentarme. COLOMBINA. ¡De acuerdo! Si recurriéramos al sufragio universal, también serías derrotado. Tres votos contra uno es una mayoría contundente. RICARDO. (Antes DICK.) ¡Calmaos, calmaos! PERICO. (Antes ARLEQUÍN.) Demasiada calma hemos tenido haciendo esta ridiculez. Este ensayo, según tú. RICARDO. Todo ensayo es útil. He visto que yo debo variar mi máscara. PERICO. Habrás visto muchas cosas, pero no nos has explicado qué es lo que pretendes. RICARDO. Aquí se hace siempre lo que yo deseo. ¡No lo olvidéis ¡Sentaos! Todos se sientan. Simultáneamente se hace un oscuro. («El guiñol de Papá Dick», texto inédito y desconocido hasta la fecha, es de 1938)

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