Reescrituras del tiempo

Érase un aldeano llamado Rip Van Winkle que, cansado de regañinas familiares, salió a pasear por el campo en busca de paz. Cayó dormido a la sombra de un árbol y al despertar descubrió perplejo que ya no existía el mundo conocido. La antigua vida se había esfumado durante su breve siesta. Todo alrededor resultaba tan ajeno e insólito que añoró incluso las hogareñas broncas con su mujer. En este 2020, con su mes de marzo quebrado, nos hemos sentido como Rip y hemos frotado nuestros ojos atónitos, dudando como funambulistas en la frontera del sueño. La leyenda de Washington Irving bebe de antiguos arquetipos: el choque con una realidad repentinamente extraña, un desajuste temporal que aparece y reaparece en las narraciones orales. Luis Landero recuerda en Entre líneas un cuento que escuchaba de labios de su abuela extremeña. Un pescador náufrago descendió al fondo del océano, se casó con una princesa submarina y vivió en el exótico reino de algas y peces. Tras un año de felicidad sumergida, regresó a su pueblo para visitar a su familia y descubrió que allá arriba habían transcurrido cientos de años, no reconocía la aldea y su memoria había quedado huérfana. Películas como El dormilón, de Woody Allen, o El planeta de los simios, de Franklin Schaffner, heredan esa tradición folclórica. Ahora sabemos que unos meses pueden trastocarlo todo como si fueran un siglo. Trescientos días a veces equivalen a décadas: es realismo puro.

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