Raphael «Estoy bien, muy bien, ¡increíblemente bien!»

Viste como un chaval, y tiene la energía de un chaval. Así que solo le faltaba grabar un disco que se pueda bailar en las discotecas de chavales. Raphael publica hoy «Resinfónico», que «no es ninguna segunda parte de nada» a pesar de que se trata de una nueva revisión de grandes clásicos de su repertorio en formato orquestal (la primera fue «Sinphónico», en 2015). Pero tiene razón: esta vez, el artista de Linares ha dado un salto de fe y se ha sumergido en la experimentación con la música electrónica de baile. Eso significa que en sus conciertos habrá más movimiento de cadera que nunca, así que tratamos de sonsacarle el secreto de la eterna juventud que le permite afrontar un desafío como este, a los 75 años de edad.

¿Cómo le plantearon este proyecto?

Cuando conocí al productor, Lucas Vidal, me explicó que era el nieto del fundador de Hispavox, el que me descubrió a mí, cuando la empresa estaba todavía en la calle Cartagena, en Madrid. Con lo que sacamos de «El Tamborilero» hicimos el edificio (risas). En casa de Lucas siempre se ha hablado de mí y su padre es casi familia. Tuvimos un problema legal muy gordo, pero se arregló. Y ahora, mira por dónde, su nieto me propone hacer un disco con música electrónica

La gira será más exigente a nivel físico, supongo. ¿No tendrá que bailar más en el escenario?

Es exigente, pero no tiene por qué haber baile en el escenario. ¡El público es el que va a bailar! Yo no tengo por qué bailar, yo voy a ser como un James Bond en medio de todo el jaleo.

¿No hace nada especial para mantenerse en forma?

¿No te parece bastante con lo que hago en el escenario? No, solo cuido la alimentación. Además, juego con ventaja. Estoy trasplantado hace quince años, y me han puesto un motor nuevo, un «mercedes» con toda la potencia del mundo.

¿Es de los que come cinco veces al día?

No, cuatro. Desayuno bien, y como bien, pero sano. Por ejemplo, la carne no me gusta, nunca me ha gustado. Mi médico me preguntó hace tiempo qué me gustaba comer, y le dije que la carne, solo cruda. Me dijo que nada de eso, y lo mismo con el pescado. Le pregunté, «¿nada de sushi japonés?», y respondió: «Nada, ¿tú has visto el color que tienen los japoneses? Están verdes» (risas). Así que nada de pescado crudo.

¿Duerme sus ocho horitas cada noche?

En esta profesión se duerme cuando se puede, pero ahí sí que tengo una costumbre que es vital para mí: la siesta. Todos los días, una hora y media. Y después una ducha y al estadio, o al plató de televisión o a donde sea.

¿Nunca ha ido al gimnasio ni ha tenido entrenador personal?

No, y nunca me han tocado la cara… (risas).

¿Y cuida la voz?

No la descuido. Hoy toca hablar, pero normalmente soy un chico poco hablador. La cuido no hablando demasiado (risas). Escucho mucho.

¿Qué le espera a Raphael en los próximos años?

Yo tengo una serie de proyectos que me quedan por hacer, antes de… y las voy a hacer, porque tengo mucha fuerza, física y mental, y porque estoy bien, muy bien, ¡increíblemente bien! Mi voz está mejor nunca, así que me veo en el deber profesional de hacer todos mis sueños realidad.

No ha terminado la frase cuando ha dicho «antes de…»

Yo voy a morir con las botas puestas, pero la gente no lo va a saber. Una mañana me levantaré, llamaré a mi oficina y diré: «Señores, voy a descansar». Pero eso no se va a saber, porque yo no aguantaría una gira de despedida. Me moriría todos los días. Demasiada emoción. Con el afecto que tiene el público conmigo… eso se puede convertir en las fallas de Valencia.

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