¿Qué quieres, Europa?

Hacia 1900 toda Europa leía los mismos libros, tocaba las mismas piezas musicales, reproducía para sus hogares los mismos cuadros y se embelesaba con las mismas óperas. A lo largo del siglo XIX, el ferrocarril fue diluyendo las fronteras y los tiempos, acercando artistas de todo tipo a públicos de todo el continente. Y las leyes del mercado abarataron ediciones, fomentaron las traducciones, inventaron los derechos de autor, impulsaron el fenómeno de los fans, popularizaron nuevos formatos de arte, música y literatura para llenar los salones de una nueva clase media ávida de estatus. El tren y el capitalismo fueron los pilares de una identidad cultural europea que acabó convirtiéndose en universal. Es lo que cuenta de manera magistral Orlando Figes en Los europeos. Quién iba a pensar que un ensayo sobre la historia económica de la cultura se leería como un best seller. Europa se volvió cosmopolita, pero su espíritu abierto se vio confrontado por las reacciones nacionalistas. Costó muchas décadas, y dos guerras devastadoras, recuperar parte de ese espíritu y restaurar los cimientos de una identidad europea que trasciende ya lo cultural.

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