¿Qué más queda por ver en el arte?

A lo largo de la historia del arte la representación de la figura humana ha sido el principal motivo de inspiración de los artistas, desde la pintura rupestre, pasando por Fidias, hasta llegar a Picasso y así sucesivamente. Pero a partir de los años cincuenta del siglo pasado el cuerpo humano de carne y hueso ha sido incluido por las últimas vanguardias en sus performances e instalaciones como objeto encontrado a la manera de Duchamp. En este laberinto sin salida en que se mueve la estética, parece que todo es lícito, siempre que el impulso primordial del arte consista en causar sorpresa o escándalo, pero a su vez para un espectador moderno todo le está permitido, salvo sorprenderse y escandalizarse por nada. Esta es la dialéctica. Empapar con pintura azul los cuerpos de jóvenes desnudas, como hacía Yves Klein, y usarlos como brochas humanas, restregándolas por el suelo y las paredes de la galería, o crear una serie de cajas de cristal que contengan los propios excrementos del artista recubiertos de oro, como hizo Terence Koh; ante estas locuras inanes ¿quién será hoy tan cateto que se sorprenda?

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