¿Qué hacemos con las estatuas?

Las estatuas importan. Nos hablan del pasado, pero también de lo que ocurre en el presente y de cómo nos imaginamos el futuro. Cuando se erigen, se utilizan, se mueven y se eliminan. En las revoluciones y protestas contemporáneas, la violencia se ceba en ellas: son pintarrajeadas, destruidas, mutiladas. Todos recordamos la estrepitosa caída de la efigie de Sadam Husein en 2003, sello de la victoria en la invasión de Irak lanzada por George W. Bush y sus aliados. En abril de 1931, la proclamación de la Segunda República española se vio acompañada por una ola iconoclasta que acabó en pocas horas con los emblemas monárquicos. La multitud derribó en Madrid la figura ecuestre de Felipe III, en la Plaza Mayor, y arrastró por las calles la de Isabel II, que, no sin ironía, fue a parar al convento de las Arrepentidas. El fin de un orden político, víctima de la ruptura, suele borrar del espacio urbano sus símbolos para sustituirlos por los de la nueva situación.

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