Prada Poole: «Mi arquitectura ha buscado que la gente viva mejor contaminando menos»

Proyectos paradigmáticos de la arquitectura española como las Cúpulas de los Encuentros de Pamplona (1972), el edificio del Palenque para la Exposición Universal de Sevilla de 1992, o la Instant City, construida para alojar a los participantes en el VII Congreso del International Council of Societies of Industrial Design, celebrado en Ibiza en el año 1971, llevan la firma de José Miguel de Prada Poole (Valladolid, 1938). Los más significativos de su carrera profesional, así como sus principales aportaciones al campo de la arquitectura se reúnen y revisan en una exposición, «La arquitectura perecedera de las pompas de jabón», que se puede visitar en la sala 3 del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Musac) hasta el próximo 12 de enero. Comisariada por el también arquitecto Antonio Cobo Arévalo, la muestra incluye maquetas, fotografías, planos, ensayos y entrevistas que sirven para poner el acento en la prolífica carrera de José Miguel de Prada Poole, así como en aquellos temas o conceptos que resultan más reconocibles en él y que se repiten en sus trabajos, como es el caso de las arquitecturas neumáticas, de carácter experimental, futuristas y efímeras. Obras con ese aspecto de «pompa de jabón» que se recoge en el título de la muestra, que se toma prestado de un texto que escribió José Miguel de Prada Poole en 1974 y que fue publicado en la revista literaria El Urogallo. Manifiesto poético Según explica Antonio Cobo, «lo escribe en un momento en el que él ya había hecho, construido o proyectado la mayor parte de sus proyectos neumáticos, que son el eje que vertebra toda la exposición, y, además, es una suerte de manifiesto poético de su propia obra». De él le interesó que realiza »ciertos pronósticos de lo que podría ser la arquitectura en el futuro y habla de un tipo de ella en la que el material se va a convertir en la medida temporal de su propia existencia». José Miguel de Prada Poole diferencia entre lo efímero y lo perecedero, y lo explica poniendo como ejemplo la torre Eiffel, proyectada para durar poco, para ser una arquitectura efímera, pero que sin embargo «permanece», se mantiene en pie a día de hoy gracias a la resistencia de su material de construcción. «Si fuera de cartón no sería posible», recuerda. Consciente de ello, el arquitecto de origen vallisoletano proyecta «en relación a lo que debería dura» cada construcción, programa la durabilidad de la arquitectura por medio del material, «por la duración del material». Otra constante en su trabajo que recoge bien este monográfico es su «obsesión por el futuro». Antonio Cobo recuerda que conversando sobre su origen con De Prada Poole éste le comentó que cuando era pequeño «leía una novela de bolsilibro, una de las primeras de ciencia ficción que llegaron a España y que se llamaba ‘Futuro’». Lo investigó y, para su sorpresa, en el número dos encontró una construcción prácticamente idéntica a la pista de hielo que construyó en Sevilla. «Es una coincidencia maravillosa. La arquitectura de ficción que aparece en la literatura que le gustaba de niño la convierte en realidad en su edad adulta». Esto llevó a Cobo a querer titular inicialmente la exposición como la colección, de ciencia y fantasía. «Si definimos la arquitectura de José Miguel podemos decir que es de ciencia y fantasía. De fantasía, juego, sensaciones, pero muy anclada en la ciencia». Una idea que apartó finalmente, pero que sí que recogió en la exposición, que estructuró en tres partes, en tres grandes temas que coinciden con las «grandes preocupaciones» del arquitecto, como son el «Optimismo tecnológico» (1968-1972), la «Revolución social» (1971-1975) y la «Crisis Energética I y II» (1976-1988). De la primera, Cobo apunta que «tenemos proyectos suyos de cuando era todavía un estudiante de arquitectura en los que ya manifiesta esa cualidad espumosa, de acumulaciones, incluso cuando la construcción es sólida». Sus primeros trabajos con estructuras neumáticas coinciden «con su participación en los seminarios que se desarrollaron en el centro de cálculo de la Universidad de Madrid , que fue a finales de los años 60 el centro pionero en el estudio de la computación en relación con la lingüística, el arte y la arquitectura», señala. Lo primero que plantea, según el comisario, «es que la computación podría ser un instrumento que mediara entre el edificio y las condiciones del contorno, y sus primeros trabajos, que él denomina ‘smart structures’, son estructuras neumáticas (desde un punto de vista hipotético) que por medio de sensores y un computador van a modificar su forma o la rigidez de su estructura en función de las condiciones físicas que lo rodean». Para De Prada Poole el objetivo es «que la estructura aprenda, que el programa aprenda de las cosas y se modifique». Aprender del habitante Aquí destaca su arquitectura Jonás. «Lo llamé Jonás porque es un profeta al que se lo traga una ballena y lo lleva a donde no quería ir, pero debería ir a predicar», sostiene el autor, que apostaba por un modelo de ciudad en el que los sistemas de comunicación iban a «influir más sobre las vidas de sus habitantes que el propio urbanismo». «El edificio aprende de su habitante y es capaz de modificar selectivamente su posición en función de sus intereses», dice. Todo ello empleando materiales «ligeros, baratos, elementales», y también tiende a buscar la eficiencia, a que el proyecto sea «eficiente energéticamente y lo más económico posible desde el punto de vista del material». Una de las maquetas de Prada Poole que se pueden ver en la exposiciónYa en la segunda parte, en la llamada «Revolución social», destacan dos proyectos fundamentalmente: las Cúpulas de los Encuentros de Pamplona del 72 y la Instant City de Ibiza. Lo que plantea en este último caso es el despliegue de una serie de células habitacionales tipo diseñadas para ser autoconstruidas por los propios estudiantes. «Se construía con las tijeras, una grapadora y un rotulador. Era plástico del que se usa en los flotadores de los niños y había un montón de posibilidades para hacer lo que quisieras», recuerda De Prada Poole. Este proyecto tiene un carácter de «revolución social, de nueva idea de colectividad, y una relación diferente con la naturaleza en la que la arquitectura simplemente se posa sobre la tierra, con un impacto mínimo». Respecto a las Cúpulas de Pamplona, con muy poca materia activa un espacio antes vacío con una arquitectura cualificada, que atiende a aspectos sensoriales. Próximos al fin del recorrido de la exposición, en la tercera parte se agrupan proyectos importantes en su trayectoria como el edificio del Palenque para la Exposición Universal de Sevilla de 1992 o la pista de patinaje sobre hielo de Sevilla, en la que incorpora la energía como material del proyecto. «Hoy puede parecer muy común, pero en aquel momento no lo era. El proyecto para la pista de patinaje sobre hielo no es solo el diseño de un edificio, sino de una perfecta máquina de frío que tiene que funcionar en un contexto de temperatura extrema como es Sevilla y que lo hace sin apenas gasto energético», señala Cobo. Con este proyecto gana el premio del Concurso Nacional de Arquitectura y, posteriormente, hace otro para un hotel en Abu Dabi construido en el desierto y que estaba pensado para que fuera una suerte de oasis artificial con un microclima que no gasta energía, sino que se aprovecha de diferentes condiciones. Tras la crisis del petróleo del 73 sus proyectos van más hacia la arquitectura pasiva, semejan invernaderos. El objetivo, subraya De Prada Poole, es «que la gente en la tierra pueda vivir mejor gastando menos y, sobre todo, contaminando menos, porque para mí el problema más que el cambio climático es la contaminación». En León Además, y aprovechando que la exposición se encuentra en León, en ella se hace referencia a un edificio obra de De Prada Poole en la capital, el Edificio Picos, que se diseña en el 67 y en el que se aprecia una preocupación por la morfología, la geometría. «Conforme vas caminando la angulación de los balcones va produciendo un efecto de movimiento y la sombra arrojada del sol hace que la fachada se perciba diferente durante todo el transcurso del día. Parece un gran retablo de arte cinético, un teatro de las sombras», explica Cobo.

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