Por un camino de agua y roca

Que levante la mano quien, conduciendo por carreteras secundarias, no haya tenido alguna una vez la sensación algo agobiante de que, con las prisas por llegar adonde fuese, se dejaba lo mejor por el camino. Sitios con buenísima pinta que no se detuvo a ver con calma, jurándose volver cuando llegase por fin esa dichosa calma… y casi nunca cumpliéndolo. Un poco como la vida precovid: las prisas por pura inercia, las listas interminables de cosas por hacer y por probar y por ver, la conciencia intermitente de dejarse en la cuneta muchas otras, igual de buenas o mejores. A lo mejor este segundo verano medio raro y pandémico es buen momento para arrimarse al arcén, parar el motor y echarse a andar. Basta con pillar un desvío de la autopista o salirse de las colas de embarque y los controles en el aeropuerto.

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