Por qué es ingenuo creer que el deporte y la política no tienen nada que ver | ICON

“Hazte un favor: juega y calla”. Este fue el expeditivo consejo que un comentarista de Fox News le dio a LeBron James en octubre de 2018. Por entonces, el ala-pívot de Akron, Ohio, se había embarcado en su personal cruzada contra la violencia policial y el racismo sistémico. Una toma de conciencia política que, con el tiempo, ha acabado transformándole en uno de los más firmes detractores del presidente Donald Trump en el mundo del deporte. Por eso Trump detesta a LeBron y le ha convertido en diana de tuits hostiles, donde le compara con Michael Jordan, un deportista modelo, de imagen impoluta, en opinión del presidente, y que nunca cometió el “error” de mezclar política y deporte.

Año y pico después de que le exhortaran a meterse en sus asuntos (y tras dedicar casi todo ese tiempo a, sobre todo, no callarse y seguir jugando), LeBron James ha vuelto a estar en el ojo del huracán político y mediático. El ahora jugador de Los Ángeles Lakers ha sido uno de los líderes más visibles del plante que los jugadores de la NBA impulsaron el pasado 26 de agosto en protesta por el caso Jacob Blake, el enésimo ejemplo de hasta qué punto ser afroamericano sigue resultando un deporte de alto riesgo en Estados Unidos.

Los playoffs se reanudaron el pasado sábado, tras una pausa reivindicativa que duró apenas 72 horas. Pero los que siguieron de cerca la negociación entre jugadores, propietarios de franquicias y directivos de la liga aseguran que la competición estuvo a punto de ser cancelada de manera definitiva. Al final, tras largas deliberaciones, se impuso una vía intermedia, impulsada por la mediación de personalidades como Barack Obama o el propio Michael Jordan. LeBron y compañía han aceptado seguir compitiendo en su burbuja de Orlando hasta que uno de los equipos aún en liza se proclame campeón, a finales de octubre. Pero a cambio exigen que la liga se comprometa sin reservas con lo que consideran que importa de verdad, la agenda de cambio social impulsada por el movimiento Black Lives Matter. Como dijo Jaylen Brown, escolta de los Boston Celtics, durante la reunión decisiva, «mejor quedarnos aquí y convertir cada partido que juguemos en un formidable escaparate para nuestras ideas que irnos a casa y que el mundo deje de escucharnos».

¿No se debería politizar el deporte? Que se lo digan a Jesse Owens. El atleta de Alabama, nieto de esclavos, hijo de emigrantes expulsados del Profundo Sur por la pobreza y el racismo, ganó cuatro de las medallas de oro más politizadas de la historia en los Juegos de Berlín de 1936. Owens respetó las directrices del Comité Olímpico Estadounidense: en su estancia en la capital del Tercer Reich, mantuvo un perfil bajo, no se permitió ningún gesto estridente y en ningún momento habló de política. Pero su éxito en la pista y el color de su piel fueron argumentos demoledores contra la propaganda racista de Adolf Hitler, que aspiraba a convertir aquellas olimpíadas en la demostración empírica de la superioridad de la raza aria.

Aunque Hitler no entregaba las medallas, sí había adoptado la costumbre de acercarse al podio para felicitar a los ganadores. Uno de sus hombres de confianza, el arquitecto Albert Speer, asegura que el supremo jerarca nazi dejó de frecuentar el podio en cuanto resultó evidente el dominio afroamericano en las pruebas atléticas. Pero sí se cruzó con Owens cuando este abandonaba el estadio con una de sus medallas colgada del cuello. Le saludó brevemente, con gélida cortesía. Ese saludo, que no captaron las cámaras, es historia del deporte. Y, sí, también de la política.

¿Politizado hasta la médula?

No hace falta remontarse a la Antigua Grecia para constatar que deporte y política han ido casi siempre de la mano. El deporte moderno, gestado y consolidado en la Inglaterra del siglo XIX, nunca pretendió ser una forma de ocio inocente y aséptica, sino más bien una herramienta educativa para las clases pudientes que, con el tiempo, se convirtió también en un formidable vehículo de adoctrinamiento popular y un arma al servicio del proyecto imperial británico. Luego se exportó al mundo y se adaptó a otros contextos sociales sin perder ese carácter profundamente político que le acompaña desde sus orígenes.

Tal y como explica Xavier Pujadas, profesor de Historia del Deporte en la Universitat Ramon Llull, “el deporte nació con una perspectiva ideológica inherente, ha sido explotado políticamente por regímenes de muy diversa índole y, además, lleva en su esencia la competición entre identidades nacionales, locales o electivas, entre proyectos de convivencia, maneras de ser y maneras de vivir”.

En opinión de Pujadas, la exhortación a “jugar y callar” que reciben atletas comprometidos con sus ideas como LeBron James no está muy alejada del cinismo del que hacía gala el dictador Francisco Franco en su célebre frase: “Haga como yo, joven, no se meta en política”. Para Pujadas, los que insisten en la conveniencia de separar política y deporte responden, por lo general, a dos vías de pensamiento: “Por un lado, la ingenua. La de los que creen contra toda evidencia, pero de buena fe, que una actividad social, como es el deporte, puede de verdad separarse de su dimensión política. Y por otro, la interesada. La de los que aspiran a ejercer un cierto monopolio de la política (y del deporte) y, por tanto, quieren que deportistas, actores o intelectuales se callen para poder ser ellos los que hablen sin que nadie les conteste”. Este falso apoliticismo es “propio de regímenes autoritarios, pero también de democracias conservadoras que toleran mal la discrepancia, la disidencia y el activismo transformador”.

Para Miguel Fernández Ubiría, autor de libros en que se mezcla deporte y política sin el menor recato, como Fútbol y anarquismo o El escudo del balón cosido, “exigir que se separe una cosa de otra es una soberana estupidez”. Y no solo porque “casi todo se puede y debe mezclar”, sino también porque “política y deporte forman parte de la sociedad en la que vivimos, no puede pretenderse que el deporte funcione como una burbuja independiente”. En opinión de Ubiría, “resulta curioso (o tal vez no tanto) que ese rechazo a la politización sea esgrimido casi siempre por la derecha y la ultraderecha. Ellos, que tradicionalmente han hecho uso del deporte, en especial del fútbol, como herramienta política para que la gente no pensase en otras cuestiones realmente vitales”.

Ubiría tiene una opinión formada sobre el plante de agosto en la NBA y el posterior acuerdo para que la competición se reanudase: “En principio, me pareció bien que esos deportistas multimillonarios se implicasen por fin con sus semejantes y denunciasen la brutalidad, la violencia y la injusticia que sufren los negros en Estados Unidos. Por desgracia, el plante, como era de prever, se ha quedado en casi nada. Han acabado volviendo al redil exigiendo a cambio una serie de concesiones que en el fondo son inútiles. Pero, ¿qué podíamos esperar de ellos?”.

Pujadas admite que la manera en que se ha resuelto la crisis puede suponer “una relativa decepción”. Sobre todo, porque su carácter de “acto de respuesta emocional y espontánea”, no planificada, hacía prever que, esta vez, “los jugadores iban a llegar hasta el final, actuando con una contundencia poco frecuente en iniciativas de este tipo, que suelen ser más de cara a la galería”. En opinión de Pujadas, “paralizar la liga de manera definitiva habría transmitido a la sociedad el poderoso mensaje de que hay situaciones en la vida en que el deporte pasa a segundo término incluso para los profesionales del deporte”.

Sin embargo, el historiador del deporte matiza que “lo que han acabado haciendo no deja de ser una solución de compromiso más o menos razonable, un intento de hacer compatible el activismo sincero con un cierto realismo”. Después de todo, “ningún plante deportivo va a acabar de la noche al día con la violencia racista, y tampoco se puede exigir a un grupo de profesionales que lleven su compromiso con sus ideas al extremo de renunciar a seguir ejerciendo sus profesiones”. Eso sería “poner muy alto el listón del activismo social”. Más que preguntarse si los jugadores de la NBA han hecho o no lo suficiente, cabría plantear “por qué otros deportistas están haciendo, en la mayoría de los casos, mucho menos que ellos”.

Represalias y cazas de brujas

En un artículo publicado en la web de Al Jazeera, Faras Ghani se plantea hasta qué punto “usar el deporte como plataforma de activismo y cambio social” puede resultar útil o más bien contraproducente, dado el “rechazo” que muchas de estas actitudes despiertan. Ghani cita el ejemplo de LeBron James, pero también el de Colin Kaepernick, el jugador de fútbol americano que optó en 2016 por arrodillarse durante el himno de Estados Unidos en un acto de protesta hasta entonces inédito. El periodista destaca la enorme repercusión que tuvo el gesto de Kaepernick. Pero insiste también en las represalias sufridas por el jugador, que vio al final de temporada cómo su contrato con los San Francisco 49rs era rescindido y ningún otro equipo de la NFL se decidía a ficharlo, en gran medida por miedo a las reacciones que su contratación podría suscitar entre patrocinadores y aficionados.

Ghani repasa a continuación lo que ocurrió con Tommie Smith y John Carlos, medallistas olímpicos en México 1968, que aprovecharon la ceremonia de entrega de medallas para lucir guantes negros en solidaridad con los Black Panthers. Hoy recordamos el suyo como un gesto valiente y pionero, pero lo cierto es que fueron “abucheados por el público presente en el estadio, criticados sin apenas matices por la prensa de todo el mundo y expulsados del equipo olímpico de los Estados Unidos”. ¿Su delito? Politizar un acontecimiento deportivo, los Juegos Olímpicos, cuya supuesta “pureza”, se ha pretendido siempre preservar a toda costa.

Para Xavier Pujadas, los ejemplos de Smith y Carlos y otros similares demuestran hasta qué punto “instituciones conservadoras como el Comité Olímpico Internacional o la FIFA persiguen activamente y penalizan el activismo hasta que deja de generar controversia”. Es una lógica heredada en gran medida, de la Guerra Fría, “cuando la única manera de hacer posible una gran competición internacional entre países ideológicamente enfrentados era crear una ficción de neutralidad y apoliticismo que hiciese que todos los implicados se pudiesen sentir más o menos cómodos”.

¿Competir en silencio?

Hoy, el COI y la FIFA toleran en sus competiciones la condena activa del racismo, la violencia machista o la homofobia siempre que se haga “de una manera aséptica y que ellos puedan controlar, con lo que en el fondo la convierten en anecdótica y redundante y la desactivan de toda verdadera capacidad para promover el cambio social”, dice Pujadas. En cambio, cualquier posicionamiento que resulte controvertido se prohíbe “en aras de ese ideal profundamente interesado de conservación de la pureza y neutralidad del deporte”.

A Ubiría, estas restricciones a la libertad de expresión de los deportistas le parecen “algo aberrante que coarta la libertad personal y colectiva, pero teniendo en cuenta el trasfondo mafioso de instituciones como las que citas, COI, FIFA o UEFA, no me sorprende que tomen ese tipo de decisiones. A fin de cuentas, son el poder en el deporte”. Ubiría reivindica un ideal de pureza deportiva muy distinta, que tiene que ver “con fenómenos como la actual eclosión del fútbol amateur en todo el mundo, que se plantea como alternativa al fútbol mercantilista”. Se trata de una tendencia “muy interesante pero que la mayoría de la gente desconoce” y que el autor relaciona con lo que ocurrió en lugares como América Latina en las primeras décadas del siglo XX, “cuando en el seno del movimiento anarcosindicalista se crearon gran cantidad de equipos de fútbol populares en una experiencia que fue muy enriquecedora para la clase proletaria”.

Ese tipo de activismo deportivo popular y con arraigo comunitario, y no el que puedan ejercer privilegiados como LeBron James, es el que Ubiría considera de verdad interesante “y con un indiscutible potencial para impulsar el cambio social”. Pujadas coincide en que el verdadero impulso transformador habría que buscarlo, sobre todo, “en el deporte de base, que fue una escuela de valores conservadores en el pasado, y hasta cierto punto lo sigue siendo, pero también puede servir para educar en valores distintos, como la integración en la diversidad, la solidaridad o el compromiso social”.

Sin embargo, Pujadas también valora el poderoso ejemplo que supone que deportistas profesionales se comprometan con causas sociales relacionadas con el humanismo básico y los derechos humanos: “El deporte me parece, sobre todo, una extraordinaria metáfora de la vida. Que un grupo de atletas de élite deje de competir para hacer una denuncia colectiva de una injusticia flagrante que se reproduce una y otra vez, como está ocurriendo ahora con la violencia racista en Estados Unidos, traslada un mensaje muy elocuente y con una enorme repercusión”. Aunque sea por un día. Aunque el activismo irrumpa en el deporte profesional muy de vez en cuando, pero no lo cancele ni lo frene. No hay por qué silenciar a LeBron James. Tampoco hay por qué quitarle la canasta. Jugar y hablar son, en su caso, dos formas de estar en el mundo que se complementan perfectamente.

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