¿Podrían ser los incendiarios vídeos de Miguel Bosé una llamada de auxilio? | ICON

El pasado 21 de agosto, Miguel Bosé publicó en redes sociales un vídeo de apenas un par de minutos en el que argumentaba que las mascarillas no son una protección eficaz contra el coronavirus y que la población sana no debería llevarlas. Por primera vez desde que Bosé se ha convertido, tal vez a su pesar, en uno de los portavoces más visibles de las tesis negacionistas en España, Facebook e Instagram decidieron activar su protocolo de verificación y alertar a sus usuarios de que la publicación contiene “información potencialmente falsa”.

El vídeo fue acogido, como de costumbre, con adhesiones muy significativas, pero una aún mayor mezcla de indignación, hostilidad, sorna y rechifla, rozando en ocasiones el escarnio público. Ya pasaron los días en que Bosé y su cruzada solitaria a favor del conocimiento ‘alternativo’ y contra el consenso científico suscitaban, sobre todo, una perplejidad compasiva. El cantante en excedencia empieza a despertar incluso rechazo entre compañeros de profesión que, como publicaba El País el 25 de agosto, tildan sus posturas de tóxicas y delirantes y aseguran haberle perdido el respeto. Luis Tosar llegó a decir, sin citarla por su nombre, que “no tenemos por qué soportar que a una persona se le vaya la cabeza”.

Basta con asomarse al Twitter de Bosé para comprobar hasta qué punto el cantante se ha metido en un agujero profundo y no parece muy dispuesto a dejar de cavar. En uno de sus últimos tuits, recuperaba una noticia de 2009 sobre el papel jugado por los lobbys farmacéuticos durante la alarma sanitaria por la gripe A. La acompañaba del siguiente comentario: “¿Qué os recuerda esto? A mí, a los tiempos en los que se podía contar la verdad sin padecer represalias”. En otras actualizaciones, ofrece su firme apoyo a iniciativas como la concentración sin mascarillas convocada en Madrid el 16 de agosto (a la que finalmente no acudió, por razones que no ha aclarado) o inserta un mensaje de la activista antivacunas argentina Chinda Brandolino e insta sus seguidores a “escuchar y aprender”.

En su defensa de una “verdad” supuestamente perseguida y silenciada, Bosé se nutre del apoyo de un grupo muy activo de entusiastas, algunos de ellos negacionistas de una cierta notoriedad. Esa guardia pretoriana que ha congregado a su alrededor en las redes le protege del rechazo cada vez más mayoritario y agresivo que generan muchos de sus comentarios. Bosé no interactúa con sus detractores. Deja que sean sus seguidores quienes lo hagan por él. Su actual estrategia de comunicación recuerda a la de un visionario o un profeta. Difunde ‘su’ verdad desde lo alto de una montaña.

El suyo no parece el perfil de Twitter de un artista. Ya no hay en él la menor referencia a su carrera cinematográfica, abandonada en 1998, ni musical, en barbecho desde que participó en el Festival de la Canción de Viña del Mar en febrero de 2018 y obtuvo un par de premios gaviota otorgados por el público. Tampoco se le conocen proyectos televisivos desde que formó parte, en 2019, del jurado del programa de telerrealidad mexicano Pequeños gigantes. O al menos no los divulga en sus redes.

A sus 64 años, Bosé parece más bien un artista jubilado que acaba de descubrir su tardía vocación de líder mesiánico. Se está asociando, además, con una causa controvertida, de difícil defensa y muy alejada de las inquietudes políticas progresistas que se le atribuían al artista en el pasado. Y lo está haciendo en un momento personal que se intuye devastador para él.

Si en algo generan consenso sus controvertidos vídeos en redes es en que Bosé tiene mal aspecto. Delgado y demacrado, con la mirada perdida y la voz cada vez más débil, el cantante da una impresión de salud precaria, mermada tal vez por las duras circunstancias que le ha tocado padecer en los últimos tiempos. Su madre, Lucía Bosé, falleció el pasado 23 de marzo, víctima de la covid-19. En paralelo, sigue litigando con el que fue su pareja, el escultor valenciano Nacho Palau, por la custodia de los cuatro hijos que tuvieron en común (por gestación subrogada), dos de ellos hijos biológicos de Bosé y los otros dos de Palau. En enero de 2017 había fallecido también su sobrina Bimba, a la que describió poco después de su fallecimiento como “mi cómplice, mi compañera”.

Bosé empezó a ser activo en Facebook en 2008 y a continuación se asomó también a Twitter e Instagram. Al principio, el grueso de sus actualizaciones tenía que ver con su carrera. A partir de 2017 empezó a ser muy perceptible su preocupación por la situación política en Venezuela. Convertido en firme detractor del gobierno de Maduro, Bosé tropezó por vez primera con el rechazo frontal de los que no compartían sus puntos de vista. Aquellas trifulcas políticas fueron el primer gran charco digital que pisó un artista que hasta esa fecha tenía una imagen pública más bien impoluta y apenas generaba rechazo.

Al pronunciarse de manera contundente contra el populismo latinoamericano, Bosé había abierto la veda. Pronto descubrió que las redes no son un entorno en que los famosos puedan opinar con impunidad y mantenerse a salvo. Emergió contra él un resentimiento larvado. Empezaron a someterse a escrutinio su estilo de vida, sus preferencias sexuales, su decisión de ser padre haciendo uso de lo que por entonces se llamaba aún “un vientre de alquiler”.

La experiencia de generar rechazo en las redes hace que algunos famosos se vuelvan más cautos. Basta con analizar los casos de Emma Watson, Selena Gomez, Taylor Swift o Demi Lovato. Diane Herbst, experta en salud y redes del New York Times, decía en un artículo reciente que “muchos famosos tienden a blanquear su imagen y reforzar sus corazas cuando perciben que están empezando a generar controversia y suscitar rechazo”. Fue lo que hizo Gomez durante los primeros meses del confinamiento, cuando habló abiertamente en las redes del trastorno bipolar que padece. Pidió comprensión, apoyo y empatía y los obtuvo incluso de los que habían participado en el pasado en linchamientos digitales contra ella.

Bosé no reaccionó igual contra el rechazo. Optó por enrocarse en posturas controvertidas. No limó aristas. Siguió polemizando, con libertad y con virulencia. Buscó dividir el mundo en partidarios y rivales. Luego vino el confinamiento, que trajo nuevas desgracias personales, inactividad forzosa y nuevo combustible para su tendencia natural a creer en conspiraciones. Si Tosar está en lo cierto y lo que le ocurre a Bosé es que se le ha ido la cabeza (una interpretación que tal vez resulte demasiado simple para ser acertada), la insistencia en demonizarlo, arrinconarlo o ridiculizarlo no va a ayudarle. Lo que necesitaría en ese caso, más que un linchamiento digital, es algo de comprensión. O un abrazo.

David Bowie escribió Quicksand, una de sus mejores canciones, en uno de sus peores momentos personales. Por entonces, en 1971, Bowie empezaba a consumir drogas, no era capaz de procesar con naturalidad su incipiente fama y se estaba refugiando en intereses intelectuales muy dudosos, como los misticismos orientales tomados al pie de la letra, sin verdadero conocimiento del tema ni distancia escéptica, o la esoteria nazi. En la canción, Bowie repasaba todo ese ámbito de nuevas inquietudes delirantes, citaba en febril desorden a Aleister Crowley, Goebbels o el libro de los muertos tibetanos, y acababa resumiendo la situación con una frase de una elocuencia reveladora: “Me estoy hundiendo en las arenas movedizas de mi pensamiento”. Más claro, agua: ¿Es que no lo veis? Necesito ayuda. La canción era una llamada de auxilio. ¿Podrían los tuits de Bosé ser algo parecido?

Para Enrique Echeburua, catedrático en Psicología de la Universidad del País Vasco, “hablar de lo que le ocurre a Bosé sería aventurado, porque no podemos conocer con total precisión sus circunstancias concretas y cómo las vive”. Sin embargo, es importante alertar sobre lo injustos y desproporcionados que son “los acosos y linchamientos digitales, delitos de odio que ya empiezan a estar tipificados en el código penal, pero de límites difusos y que resultan muy difíciles de detectar en la práctica”.

Para Echeburua, “que una persona exprese en las redes opiniones poco fundamentadas, controvertidas o directamente absurdas no es motivo para que se le someta a un hostigamiento sistemático que, por supuesto, puede tener efectos terribles para su estabilidad mental o su autoestima”. Rosa Portero, psicóloga sanitaria en Center Psicología Clínica, precisa que “la resistencia de una persona a una situación de acoso depende de muchos factores, como su capacidad de relativización, su grado de vulnerabilidad o el apoyo activo que pueda recibir de su entorno”.

Sin embargo, resulta evidente que “convertirse en diana involuntaria de acosadores y haters puede ser una dura prueba para la salud mental y el equilibrio emocional de cualquiera”. Puede generar “inseguridad, frustración, angustia, problemas de autoestima e incluso pensamientos autodestructivos”. Portero considera que es imprescindible hacer una pedagogía activa que lleve a un uso “más saludable” de las redes: “Para empezar, debemos asegurarnos de que todo el mundo asuma que al otro lado de la pantalla hay una persona que siente, sufre y padece, independientemente de su edad, su ideología, su aspecto físico o si es o no famosa”.

Para Echeburua, “los comportamientos tóxicos en redes no son exclusivos de personas con rasgos psicopáticos”. La mezcla de “supuesta impunidad, relativo anonimato y repercusión inusual de nuestras interacciones” puede hacer que todos, en algún momento, podamos comportarnos “con una crueldad, ensañamiento y falta de empatía que muy difícilmente mostraríamos en nuestro comportamiento cotidiano en el mundo ‘real’. Así que lo primero que deberíamos entender es que las redes son un ámbito de interacción local en que también rigen las normas del respeto, la consideración y la cortesía”.

Según dice Echeburua, “resulta desafortunado que los comentarios e interacciones negativos tengan, por lo general, más repercusión viral, porque eso incita a muchas personas a dejarse arrastrar por esa negatividad”. En ello influye también “el gregarismo y la necesidad de reconocimiento social, ese fenómeno tan negativo que llamamos efecto rebaño”. A Portero le consta que las “llamadas de socorro” son frecuentes en las redes sociales, y que muchas veces pueden ser “equívocas” y generar aún más rechazo en lugar de compasión o empatía. “Pero la clave es que la persona que padece sufrimiento psíquico sepa identificar el problema y pida ayuda de una manera clara. A partir de ahí, entra la psicología, que dispone de medios para que ese sufrimiento deje de interferir en su vida cotidiana”.

Echeburua insiste, sobre todo, “en que no hay que demonizar las redes, que son un instrumento de comunicación e interacción formidable, como se ha demostrado durante el confinamiento”. Habría, eso sí, que esforzarse en enseñar a manejarlas bien, “de la misma manera que, más que prohibir a un adolescente subirse a una moto, le enseñamos a manejarla”.

Esa pedagogía debería funcionar a muchos niveles. Tal vez sería útil enseñar a los famosos que buscar la confrontación sistemática en las redes sociales no es una práctica del todo saludable. Pero también habría que decir a los ciudadanos anónimos que interactúan con ellos que una crucifixión pública, una catarata de bromas crueles, insultos y descalificaciones tampoco conduce a nada sensato ni positivo. Las redes nos ponen en contacto diario con actitudes y puntos de vista que nos generan rechazo. El reto colectivo tal vez sea acostumbrarnos por fin a procesarlos con naturalidad, sin aspavientos. Aunque sean propaganda negacionista y vengan de Miguel Bosé.

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