Pobreza y riqueza de la cerámica | Blog Del tirador a la ciudad

Esta casa está hecha a mano. Literalmente, ladrillo a ladrillo. Como si no existiese tecnología para levantarla de otra manera o como si no importara. Hacerlo así, a la antigua —o a la eterna—, ha tenido un coste de 1.200 euros por metros cuadrado. Y ha permitido gastar más en mano de obra que en materiales: no han hecho falta más acabados que los cuatro tipos de cerámica que conforman el pavimento de barro cocido, los muros de ladrillo perforado, el gres esmaltado de las zonas de agua interiores y las bovedillas curvadas de la cubierta. Más allá de la cerámica, las carpinterías de la vivienda son de madera. Al igual que la cocina, las puertas exteriores son de pino barnizado —como las persianas— y las interiores de abedul. Solo la pérgola es de acero galvanizado, y sobre ella se despliegan las mismas persianas que sirven para recortar verticalmente el espacio o para enrollarse en el techo y unificarlo.

Más allá de manos, barro, luz y espacios abiertos, las matemáticas deciden aquí la unión de las piezas y la organización de los ladrillos para que su suma genere una construcción armónica, pulida, acabada. Por eso es la medida básica de un ladrillo —24×11,5×9 centímetros—, lo que organiza las proporciones de la vivienda. Y la junta entre elementos y acabados (es un decir, aquí los elementos son los acabados).

En esta vivienda noble y escueta, hecha a mano y esencial, todo es cerámica. Incluso la estructura está levantada con ladrillos cerámicos que actúan como muros de carga. La cerámica vela también por la inercia térmica de la vivienda. Esta máxima economía de medios resulta en un volumen rectangular y contundente con un porche exterior y una alberca construida, como la propia casa, sobre un podio zócalo, un podio cerámico. “La casa expuesta al clima es soberana del lugar”, explican los arquitectos. Su esencialidad es eficaz, ofrece un gran rendimiento energético y espacial. Los huecos, los vacíos, la versatilidad de los cierres de persiana y también la falta de distinción entre los materiales interiores y exteriores hace que los límites dentro de la casa y entre el interior y el exterior se desdibujen. Al final, hay ocho recintos iguales que desde su solidez, se perciben sin embargo como leves.

Los arquitectos, Hugo Mompó y Juan Grau, estudiaron juntos en Valencia y colaboran ocasionalmente, hablan de una casa pobre y rica. También de un poco más de tiempo para lograr más permanencia, un poco más de cuidado para arraigar una obra. Por eso Mompó cita la Casa en Anavissos, del desaparecido Aris Konstantinidis, para definir la pertenencia al lugar que hace que percibamos algo “como si siempre hubiera estado allí”. Esta vivienda que él y Juan Grau han levantado en Bétera está construida así: a mano, con materiales del lugar, sin revestimiento alguno. Y es esa desnudez esencial lo que le confiere un aire atemporal, una capa de verdad en un proyecto sin más capas que la propia estructura.

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