Pleno de aciertos de Luis Enrique

Una de las cosas buenas que tiene la Liga de las Naciones es que enfrenta a España con las dos selecciones que se hubiese encontrado al final del cuadro en el Mundial de Rusia. Se podrá ver, y ya se vio en Wembley, lo que de oportunidad perdida tuvo este verano, porque basta un entrenador en el banquillo para que España demuestre el gran equipo que tiene.

Luis Enrique acertó en casi todo. Tanto acertó que puede afirmarse que también Luis Enrique es un acierto.

Fue un gran y definitivo acierto Saúl, qué además de marcar evitó un gol cantado de Kane. Eso se quería, alguien que llegara, alguien con contundencia. Saúl destacó tanto que es imposible no suponer que Mourinho, en el palco, lo miraba entre suspiros.

Fue otro acierto Rodrigo, que desde la banda derecha consiguió la ansiada «movilidad». Por fin. Luis Enrique comenzaba con los únicos que transmitieron sensaciones de vida futbolística en el Mundial, Rodrigo y Aspas. El fútbol se fue ensamblando más por ese lado derecho junto a un Carvajal abusivo y un Thiago más cerca que nunca de ser importante con España. Los interiores salían como proyecciones naturales del primer pase de Busquets, Thiago y Saúl consiguieron por momentos que asumiéramos sin nostalgia la ausencia de Iniesta.

Un gran De Gea

Isco esperaba en el extremo zurdo, sin imantar el juego y sin el desquiciamiento de aquel partido en Rusia. Sin ir al balón con codicia. Fue un Isco proporcionado, justo, sin la exagerada participación en el juego. Otro acierto del seleccionador, que encauzó su talento en un rincón del campo. Le dio posición, mesura, impacto táctico sin balón. Porque con balón su efecto es conocido: tuvo un 100% de éxito en la primera mitad.

La confianza en De Gea fue otra de las grandes decisiones de estos días. Bastaba una frase, con esa incontestable seguridad que demuestra Luis Enrique, para que el debate falso del Mundial se acabara. De Gea es un portero de élite y nos lo recordó con sus paradas a Rashford. Estuvo bien con los pies y en ocasiones superó la presión inglesa con auténtica elegancia.

Luis Enrique aplaudió la presión inicial de España y después disfrutó y tuteló desde la banda los minutos de posesión. El toque español silenciaba Wembley y su figurín nos interrogaba sobre lo que puede ser tener un entrenador más en forma que los futbolistas. Había otra cosa en España, algo renovado y plural. En el campo estaban la perla atlética, el mejor del Celta, el mejor del Valencia, una defensa madridista y canterana liderada por un sevillano y la médula del toque culé con Busquets y Thiago. A Luis Enrique no le gusta el chau chau, no le gusta adular ni hablar por hablar, así que sus palabras sobre Ramos convencieron secretamente a los últimos escépticos, si los hubiere. Su España es todo una invitación para disfrutar de la selección sin banderías ni forofismos.

El que faltaba, Marcos Alonso, otras de las novedades del partido, asomó ofensivamente en la segunda parte. Todas las elecciones de Luis Enrique habían respondido. Más que abrir debates los han cerrado.

El partido empeoró con la lesión de Shaw, se enfrió el ánimo, pero España ya había demostrado la tosquedad podológica de los ingleses. Se fue acomodando al resultado, defendiendo con dos líneas juntas y una idea flotante de disciplina y repliegue.

Y si hablamos de estilo, hubo toque y no hace falta un ejercicio de voluntad para advertir que además hubo otras cosas. Se percibió la tensión hacia esa evolución o actualización de la posesión de la que habló el seleccionador. Una España con clase, ligera, orgullosa y flexible, adaptable.

El público cantó el God Save the Queen cuando vio que el partido se le iba. Sonidos importantes, partido con lecciones. No se gana en Wembley todos los días. Esta Liga de las Naciones, justo después del Mundial, mantiene vivo el interés por el fútbol internacional. No obstante, el aficionado melancólico conseguirá echar de menos la cómica inutilidad de los antiguos amistosos. Ese nihilismo intenso.

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