Pink Floyd, la humanización de la técnica

El cine se dio cuenta muy pronto del potencial de Pink Floyd cuando reciben el encargo de poner música a las películas de Barbet Schroeder « More» (1969), sobre la adicción a la heroína, y « La Vallée» (1972), un viaje iniciático de una mujer a las selvas de Papúa Nueva Guinea. Esta última se convirtió en el disco « Obscured by Clouds». No fueron las únicas aportaciones al cine, también Antonioni en « Zabriskie Point» (1970) echaba mano del grupo para retratar la contracultura norteamericana. El Ballet Nacional de Marsella, por su parte, de la mano del coreógrafo Roland Petit, interpretó en 40 minutos el « Pink Floyd Ballet» en 1972, con la banda tocando en directo «One of This Days» o la suite «Echoes». A todo esto, las portadas y hojas interiores de los Floyd se hacían míticas, gracias a dos artistas que son como dos miembros más de la banda, Storm Thorgerson y Aubrey Powell, o lo que es lo mismo, Hipgnosis, amigos de la infancia de los músicos en Cambridge. Pero si alguien pensaba que el sonido de Pink Floyd es cosa de uno, se equivoca: «Todos queríamos meter la mano a la vez en la mesa del estudio, nos faltaban pistas para todos los efectos que se nos ocurrían», confiesa Gilmour.

Los nuevos juguetes electrónicos ofrecían posibilidades infinitas, así el sintetizador analógico y polifónico de cinco voces Prophet 5 de Richard Wright, el Hammond Quadra o su Wurlitzer EP-200, a los que hace Wright referencia en sus notas en directo para «The Wall». El truco, según el musicólogo Howard Goodall, es «hacer que cualquier cosa nueva, tecnológica y diferente, suene humana». Esta humanización de la técnica coaguló en una de las cumbres del grupo, «The Dark Side of The Moon». Peter Zinovieff, que se había dado a conocer por el EMS Synthi AKS, popularizado como «el sintetizador de maleta», aporta con su invención un nuevo paisaje sonoro para los Floyd, que lo utilizan en «On the Run». O el VCS3, que tiñe de electrónica futurista su visión de la música.

Un canto a la paz

Para los directos, sus ingenieros de sonido Peter Watts y Dave Martin incorporaron el potente amplificador Phase Linear 400 P.A. mejorándolo. Hasta la batería de Mason mostraba impresionantes innovaciones, con diseños inspirados por la «Gran ola» de Katsushika Hokusai, de 1830, aportando gracia añadida al timbre e impacto de la percusión. Ahora bien, más allá de la tecnología, la historia de estos estudiantes de arquitectura que se conocieron en la Escuela Politécnica de Regent Street es la de una conciencia de la alienación social, la falta de empatía y el desastre ecológico. El cuerpo más grueso de su discografía es un canto a la paz y una lucha sinestésica contra la demagogia, el poder y la codicia humana, personalizada no solo en el ámbito político sino en el de la propia industria del espectáculo. Solo desde esta perspectiva puede comprenderse la excelencia de un sonido que supuraba arte comprometido por todos sus poros.

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