Peter Dinklage, de «Juego de tronos», le echa narices al «Cyrano de Bergerac»

En la escena cuarta del primer acto de «Cyrano de Bergerac», el protagonista se recrea con masoquismo cómico con el tamaño desproporcionado de su nariz, el defecto físico que define al personaje y que él cree inhabilitarlo como amante. Dice Cyrano que su nariz «se remoja» al beber de la taza, que es «una roca, un pico, un cabo, una península», que cuando fuma la gente grita «¡fuego en la chimenea!», que hay que comprarle «una sombrilla» para que no la queme el sol, que si sangra «es el mar Rojo»… El célebre monólogo del texto original de Edmond Rostand, estrenado en París en 1897, desaparece en la adaptación musical de este triángulo amoroso clásico que esta semana ha llegado a Nueva York. De hecho, en toda la obra solo se menciona dos veces la palabra «nariz». La razón está en el elemento alrededor del que gira la producción y su principal atractivo: Peter Dinklage , el Tyrion Lannister de «Juego de tronos», en su primer papel protagonista en un musical. La obra se representa en el teatro Daryl Roth, una sala coqueta en el magnífico edificio de un antiguo banco de principios del siglo XX, que mira a Union Square. Los incondicionales de Dinklage disfrutarán con la cercanía física del actor, cuya voz cavernosa aparece en la oscuridad antes que su cuerpo. Cuando le apunta la luz, se deshace el misterio. No hay protuberancia nasal, sino la nariz convencional, en realidad modesta, como un botón, de Dinklage. El juego con el personaje de Cyrano es obvio: lo inusual de Dinklage es su estatura. El texto no habla de ello y alude a su nariz en las dos ocasiones mencionadas, pero la presencia física del actor es suficiente para entender que lo que le diferencia es su enanismo. «¿Qué mujer podría quererme con esta… nariz?», dice Cyrano en un momento, con una pausa intencionada para redundar en el juego que propone la obra. No es la primera que el aspecto físico de Dinklage es una referencia a sus personajes. Antes de comerse el mundo y cubrirse de premios «Emmy» por su interpretación del astuto y elocuente Lannister, Dinklage se curtió en los teatros de Broadway. Uno de los papeles más recordados es el Ricardo III de Shakespeare en el Public Theater en 2004, donde su estatura fue un guiño a la joroba -exagerada por el Bardo de Stratford-upon-Avon- del rey. Pero este «Cyrano» añade una capa más de complejidad al personaje por tratarse de un musical. En su primera entrada en escena, Dinklage se come el escenario con una voz profunda y oscura como un pozo. No tarda en tener que cantar -apenas un verso de seis segundos-, lo suficiente para diferenciarse del resto del elenco: no es un cantante de Broadway. De hecho, le baila la afinación, algo que le ocurre en otros momentos de la obra. Dinklage utiliza un tono de barítono, que en ocasiones cae hasta el bajo, como un ronquido grave y rajado. Es una voz atractiva, por la que parece que han pasado varias vidas, pero que, como su estatura, o como la nariz del Cyrano original, le distingue del resto de los personajes, que clavan las melodías, proyectan la voz como en un musical convencional, con melismas y adornos. El metal de Dinklage es diferente e imperfecto, y ahí está también la esencia de Cyrano. Su voz -en los territorios de Nick Cave o Leonard Cohen- empasta bien con otro de los atractivos de la producción: la música está compuesta por el grupo The National. Su rock elegante y atmosférico es el esqueleto de la obra, una desviación interesante frente al sonido pop que domina en Broadway, pero que contribuye a cargar la suerte en la melancolía, uno de los aspectos por los que la obra ha tenido críticas desiguales en Nueva York. La ausencia de pasajes divertidos y locuaces como el mencionado monólogo quevediano del Cyrano original -¿será corrección política? ¿dificultad de encaje en el personaje?- la convierten en una adaptación «sombría y monótona» para «The New York Times». El texto exagera el fatalismo de Cyrano y lo hace «más masoquista que noble», para «The Wrap». Y «New York Post» aduce con acierto que a la obra le falta el «joie de vivre» del texto de Rostand. La responsable de la adaptación es Erica Schmidt, que además dirige la obra y es la mujer de Dinklage. El texto está actualizado -se cambian los versos de Rostand por una prosa contemporánea-, y la trama reducida. Está ambientado de forma intencionadamente equívoca, con situaciones y vestuarios que van desde una función de teatro del siglo XVII, a una pastelería de comienzos del XX a una guerra europea del XIX. Al lado de Dinklage, destaca el objeto de su amor no correspondido, una Roxane interpretada con gusto y gran calidad vocal por Jasmine Cephas Jones, que se hizo un nombre en Broadway como una de las protagonistas femeninas de ‘Hamilton’, el gran éxito de Lin Manuel Miranda. «Siempre me gustó la historia, pero nunca me sentí conectado a ella en lo que tiene que ver con el sombrero de pluma y la nariz grande», dijo Dinklage a «The New York Times» antes de que empezaran las funciones. «Es una adaptación moderna que mantiene su sensibilidad romántica». Los altibajos de la producción no afectan al protagonista. Dinklage llena la escena cada vez que el texto se lo permite, con gravedad y con una presencia colosal. Y, cuando toca cantar, le echa narices.

Lee más: abc.es


Comparte con sus amigos!